La Hermana Agua

I

En un momentáneo acelerón de adrenalina, Javi corrió por el pasillo gritando una majadería a todo pulmón. Extendió su alarido por toda la planta baja del colegio, luego subió la escalera principal y se adentró al baño de hombres antes de que alguien lo avistara.

Se encerró en uno de los cubículos y le puso el seguro. Luego se desabrochó el cinturón, se bajó tanto el pantalón del uniforme como su ropa interior y tomó asiento en la taza. Esperó. El Hermano Chava no tardaría en entrar al baño de hombres en busca del alborotador. Javi tendría entonces que agudizar sus habilidades de actuación.

Dicho y hecho, el Hermano Chava, Prefecto por excelencia del Colegio Cristóbal Colón desde mucho antes que Javi o alguno de sus compañeros llegaran al mundo, entró al baño arrastrando los pies y comenzó a inspeccionar los cubículos. Al llegar dónde Javi se encontraba, lo interrogó a través de la puerta por casi cinco vergonzosos minutos, en los que el jovencito gruñó y fingió estar en proceso de redactarle una respuesta al llamado de la naturaleza.

No exactamente convencido de su inocencia, pero sin prueba alguna de lo contrario, el Hermano Chava se retiró refunfuñando. Fue entonces que Javi pudo suspirar en alivio. Salió del baño y se lavó las manos, antes de subir las escaleras hasta su salón en el tercer piso. De camino a su pupitre sentía tras de él las miradas burlonas de sus compañeros, los que atribuían su tardanza a que había estado pintado porcelana. Igual y todo eso estaba en su cabeza. Era difícil saberlo. A los trece años de edad, todo se siente como una burla hacia tu persona.

Javi se dejó caer en su asiento y miró a Rafa, quien sentado a su izquierda tenía en su rostro una mueca de satisfacción.

—¿Te cacharon? —preguntó Rafa en un susurro. Javi negó con la cabeza. Evitaba hablar en clase. A pesar de su avanzada edad, la maestra Alma tenía excelentes sentidos cuando se trataba de regañar a sus alumnos. Podía escuchar una conversación sucediendo en las filas traseras y tenía olfato de un sabueso para identificar que alguien intentaba introducir comida al aula. Eso sí, cuando cometía un error en las boletas de calificaciones, entonces de repente se hacía de la vista gorda. 

—Pues de todos modos no cuenta. 

—¿Por qué no? —reclamó Javi. 

—Yo no escuché nada y no te vi hacerlo. Nada asegura que sí cumpliste. 

—Ni madres, eso es culpa tuya por mala planeación. Yo cumplí, así que ahora el turno es mío. 

Rafa frunció el ceño. Le encantaba poner retos casi tanto como inventarse excusas para que no lo retaran. Tristemente para él, ahora era turno de Javi y este planeaba cobrar venganza.

A su juego le llamaban “culo si no”. Un reto era propuesto y de no cumplirlo, eras culo. Así de sencillo. Tenía reglas escasas, confusas y flexibles; el límite era únicamente la imaginación. La indecencia, la reputación y la autoridad podían ser ignoradas. El tiempo de juego cubría las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Desde que el primer reto fue profesado, Rafa, Javi y el resto de sus amigos vivían en un constante estado de estupor juvenil. 

El timbre zumbó por los salones, llevando consigo una ola de placidez que se extendió entre los fatigados pupilos. Poco después de su regreso, Javi había decidido guardar su reto hasta la hora del recreo. Su creatividad fluía mejor afuera del salón y lejos del ojo vigilante de la maestra Alma. 

Aun así, la escuela no proveía el mejor ambiente para su juego. Incluso con el riesgo agregado, que indudablemente sumaba al factor de adrenalina, los jóvenes se veían mayormente limitados a dos tipos de desafíos: el romper las reglas o molestar a sus compañeros. El primero perdió mucho de su encanto cuando se percataron de lo sencillo que era no ser descubierto. El segundo, por lo general más divertido, proveía una amplia gama de posibilidades. Entre todas estas, las mejores involucraban jugarles bromas a las niñas de su grado. 

—Culo si no le pegas un chicle en la espalda a Sarah. 

—Culo si no pisas los zapatos nuevos de Emilia.

—Culo si no le levantas la falda a Ana. 

 “Las niñas se aguantan todo”, pensó Javi, recordando la ocasión en la que lo retaron a robar la mochila de Gabriela y lanzarla al techo del colegio. Estaban sentados en las gradas frente al campo de futbol, comiendo sándwiches de jamón que habían sido aplastados dentro de sus respectivas mochilas. Miró como Rafa, asqueado, le quitó la lechuga al suyo, luego dirigió su vista al grupo de niñas sentadas a unos metros de distancia. 

 —¡Culo si no invitas a Ximena a salir y la dejas plantada!— exclamó Javi emocionado. 

Rafa, con la boca llena de sándwich a medio masticar, abrió los ojos grandes como platos. 

II

Ese viernes, los dos jóvenes salieron de la escuela tan aprisa que más de un espectador pensó que estaban siendo perseguidos. Corrieron por todo el Boulevard Tepic-Xalisco hasta quedarse sin aliento, sus pies incómodos dentro de los zapatos negros de sus uniformes y sus espaldas adoloridas por cargar esas enormes mochilas llenas de sus útiles escolares, la mitad de los cuales nunca habían usado en clase. Retomaron la marcha luego de un breve descanso para comprar dos Cocas frías. Caminaron hombro a hombro por la acera hasta el entronque con Calzada del Ejército y hasta Avenida de la Cruz, dónde agradecidos por la sombra provista por los ancestrales árboles ubicados en el camellón, bajaron hasta la glorieta de La Loma. Desecharon las botellas vacías en uno de los contenedores del parque, compraron un par de nieves de limón de un vendedor ambulante y pasaron a una banca a ver los autos mientras comían.

—¿A qué hora verás a Ximena? — preguntó Javi burlesco. Rafa le mostró la palma de su mano, le dio la vuelta y uno a uno bajó todos sus dedos menos el de en medio.

Estaba consciente de la pésima idea que era tirarle sizaña poco después de haberlo humillado. La herida en el orgullo de Rafa seguía fresca. Javi lo vio todo desde las gradas, básicamente en primera fila para la acción, aunque no hubiera sido difícil avistar a amigo luego del hecho, pues el chavo se puso tan rojo de la cara que hubiera sido visto desde un avión. 

Confiaba en que el miedo a represalias causaría que Rafa se la pensara dos veces antes de atentar una venganza en la forma de un reto muy desquiciado. 

Mientras ponderaba, escuchó a su amigo limpiar su garganta estruendosamente. Lento, giró la cabeza para verlo. 

Tragó saliva. En el rostro de Rafa dibujada una sonrisa macabra, una que Javi conocía muy bien. Era una sonrisa equivalente a la gestación de una mala idea.

 —Culo si no —comenzó Rafa. El muchacho levantó su brazo y apuntó a la glorieta frente a ellos. Con la mirada, Javi siguió la línea que este trazaba. Apuntaba directo a la fuente de La Hermana Agua. —le chupas una teta. 

Javi parpadeó, inseguro de haber escuchado correctamente. 

—¿A la estatua? —preguntó. 

—¿Te rajas?

—¡Estás loco!

—Entonces culo. 

Rafa se puso de pie, triunfante. 

—¡No! Ni madres. Espérame.

 Tras asegurarse de que no vinieran automóviles, Javi se apresuró a cruzar la glorieta. Para esto, miró hacia ambos lados. Estaba consiente de lo incorrecto de tal acto, pero en todo Tepic solo había dos glorietas, así que no era inusual que algún tarado la tomara en sentido contrario. 

Ya en el centro, se posicionó frente a la fuente, procurando no verse sospechoso. Parada en su pedestal, la estatua de la Hermana Agua lo observaba en todo su esplendor. 

El día que fue erguida múltiples protestas explotaron por parte de grupos católicos de la ciudad, quienes reclamaban que la figura de una mujer desnuda no tenía lugar en un espacio público. En realidad, como todos ya sabían, el problema no estaba fundamentado en su desnudez, sino en las dimensiones de sus atributos. Con casi cuatro metros de altura más otro gracias al pedestal dónde descansaba, cada seno de la Hermana Agua tenía el mismo tamaño que la cabeza de Javi. Igual se podía hablar de sus posaderas, las cuales, algunas personas bromeaban, podrían ser usadas para atrapar a un avión en caída libre. Mientras tanto sus caderas, anchas como un túnel de desnivel, sugerían la posibilidad de una labor de parto casi instantánea. 

Javi no comprendía cual era el gran problema. En cada ocasión que pasaba por la glorieta, era como si la Hermana Agua demandara su atención. No podía despegar la vista de su perfección moldeada en cobre. La miraba, la adoraba, le hacía sentir cosquilleos en el estómago y en otras partes. Había ocasiones en las que ni los videos en internet que veía con Rafa se acercaban al placer provocado por esa figura inerte. Por lo menos esta no era una imagen. La Hermana Agua era de verdad y una verdad irrefutable era que todo hombre en Tepic le había dedicado cuando menos una puñeta.

Ya con sus calcetines hechos bola dentro de sus zapatos, los cuales colocó atrás de un arbusto que los cubría del salpicadero, y las piernas de su pantalón dobladas hasta las rodillas, Javi esperó a que no pasaran coches para treparse dentro de la fuente. El placer del agua tibia mojando sus pies se desvaneció tan pronto puso su planta en el suelo lamoso. Asqueado, procurando no resbalarse, caminó hacia el centro de la fuente y comenzó a trepar el pedestal. Algunos automóviles rodearon la glorieta durante su escalada, mas hicieron caso omiso de su presencia. A lo lejos, Rafa hacía un alboroto y le gritaba majadería y media.

El cobre de la estatua estaba caliente. Javi toleró la quemadura inicial y tras un momento de contemplación nerviosa, comenzó a trepar las piernas de la estatua. Se aferró de dónde pudiera, cualquier superficie que le diera un poco de agarre. Para cuando se sentó sobre la mano extendida de la Hermana Agua, ya sentía ese potente cosquilleo en su estómago e ingle.

Javi volvió a analizar sus alrededores; no había carros en la calle ni gente observando, solo Rafa quien ahora miraba con atención. Entonces, confiado en que no habría testigos, se inclinó hacia la estatua y puso su boca sobre el seno izquierdo, la cual inmediatamente se llenó del metálico sabor a cobre. Estuvo a punto de retirarla, pero se contuvo al percatarse que el cosquilleo se intensificaba. Javi percibió un acelerón de adrenalina mayor que el de cualquier reto o aventura. Luego de unos segundos de chupar, retiró sus labios. 

Mientras bajaba, la risa de Rafa resonando por toda la ciudad, se preguntó qué lo había poseído para chupar la teta de la estatua cuando tan fácilmente pudo solo haberle dicho a Rafa que sí lo había hecho. 

III

Javi se fue a dormir esa noche con un sabor de boca que ni la más violenta cepillada de dientes le podría a arrebatar. No se trataba de un sabor a cobre, eso era seguro, sino de uno más bestial. Una sensación que se expandía más allá de sus labios, que transportaba su sangre y producía calidez en todo su cuerpo. 

Cuando soñó, lo hizo con la fuente. Estaba en brazos de la Hermana Agua, sus piernas y espalda en cada una de las palmas extendidas frente a ella. La estatua lo cargaba por un campo estrellado, sus senos rebotando al ritmo de sus pasos. Javi en esta ocasión envolvió uno de estos con ambas manos, esperando sentir el duro metal, mas este se moldeó según la forma que sus manos le daban. Al aplicar fuerza perdían su figura. Al soltar, volvían a la normalidad. Eran carne y piel. 

Abrió los ojos de golpe al sentir la humedad. Javi se incorporó en la penunbra de su habitación y en un pánico bochornoso pasó las manos por sus empapadas cobijas. Entonces se estiró para encender la lámpara en su mesita de noche. La luz inundó el cuarto. 

La Hermana Agua lo observaba con un par de ojos cafés sin pupilas. Parada en un costado de su cama, sus palmas extendidas frente a ella, su cuerpo cubierto por una ráfaga constante de cristalinas gotas de agua.

Un grito luchaba por salir de la gargánta del joven. No encontraba su voz. Sentía que le faltaba el aliento. Intentó abrir la boca, pero la Hermana Agua lo hizo primero. De esa cavidad oscura, emergió un torrente de agua con olor a cloro que lo salpicó completo. 

—¡No mam-

Antes de que saliera por completo, su grito fue ahogado cuando una mano fría cubrió su boca. 

IV

El estruendo de un incesante chapoteo se apoderó de sus oídos. Tenía los ojos entreabiertos cuando de pronto se vio envuelto en un abrazo helado. Espantado, intentó encontrar una superficie sólida. El suelo, aunque algo resbaloso, estaba a tan solo centímetros debajo de él. Solo tuvo que reincorporarse para salir a la superficie y tomar una bocanada de aire.

Javi temblaba. Su pijama estaba empapada y sobre su cabeza sentía el golpe de una lluvia torrencial. Miró en todas direcciones sin poder ver nada más que el agua que caía en chorros. Estaba al borde de las lágrimas cuando la lluvia poco a poco fue palideciendo y fue ahí que se percató que esa no era una lluvia, sino los chorros de agua expulsados por la fuente, cuales al ceder por completo dejaron tras de sí una noche serena. 

 No había carros rodeando la glorieta ni negocios abiertos en las cercanías. Solo el alumbrado público y el lejano zumbido de los centros nocturnos en Avenida de los Insurgentes. Javi pensó en ponerse de pie, mas su cuerpo no le respondía.

Percibió una ola a sus espaldas, seguido de otra y otra más. Algo se movía en el agua de la fuente. Giró su cabeza y la avistó; la Hermana Agua estaba parada detrás de él. En esta ocasión, fueron palabras las que salieron de su boca.

 —¿Quién te da permiso de tocarme? —preguntó la estatua en tono de reproche.

Javi no supo responder. 

—¿Y bien? ¡Estoy esperando!

—E… eres una estatua —tartamudeó el joven.  De inmediato se percató que esa respuesta no era aceptable. 

—Ya veo. ¿Entonces a ti te parece bien hacerme lo que quieras solo porque creías que soy incapaz de defenderme? Pues mira que estabas gravemente equivocado. 

—¡No, no es eso! Yo no sabía lo que hacía. No sabía que te molestaba.

—¡Por supuesto que me molesta! Se necesita ser una clase especial de idiota para pensar lo contrario. Esta no es siquiera la primera ocasión en que te descubro, niño. No creas que no me doy cuenta de que tu ruidoso amigo y tú se sientan en esa banca a verme por horas. 

 Javi negó con la cabeza. Se tuvo que pasar un brazo por el rostro para limpiar el agua que había salpicado desde su cabello. 

—No te hagas tonto. Ni que las nubes fueran tan interesantes. Se sienten tus depravados ojitos sobre mí.

—Okey, lo siento mucho —chilló Javi —No sabía lo que causaba. No entendía que estaba mal. 

—¿Y qué hay de las bromas que les juegan a sus compañeras? Los he estado escuchando, niño. Se lo que les hicieron a esas pobres muchachitas. 

—No lo repetiremos jamás. Ya no. Y me voy a disculpar con Ximena. Rafa también lo hará, de eso yo me encargo. 

Desde las alturas, la Hermana Agua lo observó con incredulidad. 

—Nadie se arrepiente tan rápido. Estoy segura de que me dices solo lo que crees que quiero escuchar. 

—No es solo palabrería. Voy a ser bueno y respetuoso de ahora en adelante —Javi le aseguró.

—Tú ignoras como se siente que todos te vean con perversión. No sabes lo que es no poder impedirlo. Así que, si te dejo ir hoy, será con una advertencia. Pásate de la raya de nuevo, aunque sea en una ocasión y te tendré que educar por las malas.

Con una sonrisa y un guiño, a Hermana Agua se inclinó y apuntó hacia el centro de la fuente. Javi enfocó la mirada. Había algo ahí, parada sobre el pedestal, una figura cobriza, bajita y delgada . 

¿Otra estatua? pensó, una densa neblina apoderada aún de sus pensamientos. Con dificultad se arrastró hacia ella. Las piernas le pesaban, sus brazos ardían por el esfuerzo. La Hermana Agua lo seguía de cerca. 

Se detuvo abruptamente a unos metros de la estatua. La miró de arriba abajo, un escalofrío recorriendo su propio cuerpo en esa misma trayectoria. Era de cobre, por supuesto,  con pocos detalles y sin las sensibilidades del cuerpo humano. Esto no hizo diferencia; la mente de Javi llenó los espacios de manera instantánea. De la estatua reconoció el cabello corto y la expresión de pánico que había visto tan solo unos días antes. Pasó la mirada sobre él. El torso descubierto, los brazos delgaduchos, un estómago pre-adolescente libre de vello corporal; mientras más bajaba su mirada, más vio partes de su amigo de lo que hubiera preferido. 

—Imagina como te veras parado ahí a su lado. Estatuas de cobre, adornos para ojos morbosos. Desnudos, inmóviles, indefensos ante toda la ciudad.

Javi, habiendo una vez más perdido la capacidad del habla, puso los ojos en blanco y se dejó caer en la fuente. 

V

Javi despertó con el sol en su rostro, Lalito, su hermano menor, sacudiéndolo violentamente y su madre gritando desde la cocina que ya estaba listo el desayuno.

Refunfuñó, su cabeza plagada de escenas de un sueño a medio recordar.

Con su brazo hizo a un lado a Lalito, quien se aferraba de sus sábanas. Se rascó la cabeza y sonrió. La memoria de la tarde anterior aún estaba fresca y lo mejor era que ahora podría planear el reto que le propondría a Rafa. Sería necesario aumentar la intensidad. La invitación a Ximena había sido graciosa, pero ya no bastaría. El próximo reto, consideró, debía ser épico. Claro, podría ejercerlo ese mismo día, pero a su gusto sería mejor guardárselo para la escuela. De esa forma Rafa se marinaría todo el fin de semana en su propia ansiedad. Tampoco podía esperar a contarle sobre el sueño de la noche anterior; una estatua parlanchina, mucha agua y una advertencia. Era tan ridículo que seguro se reirían a carcajadas. Quizás…

Un alarido por parte de Lalito interrumpió sus ideas. En su insistencia, el pequeño había trepado sobre la cama, pero tan pronto llegó al centro de esta, se alejó apresurado. Javi entonces se percató del frío que sentía por todo su cuerpo y el agua con olor a cloro que lo tenía empapado. 

Lalito salió corriendo del cuarto. 

 —¡Mamá! ¡Javi se hizo pipí en la cama! 

Plegaria

No espero conseguir lo que le pido. Cualquiera pensaría que es una locura, pero me parece importante hacer la aclaración. Éstas no son solo las palabrerías de una anciana, ni me lo estoy inventando para que me saquen de aquí. Al contrario, el vivir en un asilo fue idea mía. Sí, como lo escuchó. Yo le imploré a mi hijo que me mudaran para acá, a pesar de que él siempre me ha tratado bien. De hecho, el muy testarudo se resistió a enviarme. Le insistí por meses, no se imagina cuánto, e incluso hoy en día cuando viene de visita me pregunta si no preferiría volver a casa y yo le repito hasta el cansancio “esta es mi casa ahora”. Francamente, apenas se empezaba a sentir como un hogar. Por supuesto que eso no se lo puedo decir; tendría mis maletas empacadas antes de lograr levantarme de mi silla. Me rehúso a ser una carga para él una vez más. Mi hijo y su esposa trabajan mucho y desde que nació, mi nieto ha requerido atención especial. Ellos no necesitan además cargar con el cuidado de una anciana ciega. La vista la perdí hace apenas un par de años y aunque quisiera decir que me sé valer por mí misma, bueno, es muy difícil adaptarse a este nuevo estilo de vida. Nada te prepara a que las luces sean apagadas de repente luego de toda una vida bajo el sol. Mi presencia aquí es lo mejor para todos. 

No me malentienda, yo siempre pensé en los asilos como esos lugares espantosos, grises, donde los ancianos esperamos a que se nos acabe el reloj. A pesar de mi disposición a hacer el sacrificio, esa impresión en mi cabeza me tenía mortificada cuando llegué. Usted imagine mi sorpresa cuando este lugar resultó ser tan agradable. 

Lo agradezco todo a los otros residentes. Me saqué la lotería con mis compañeros, tan cultos y civilizados, en especial el señor Andrews. ¡Ese hombre! Cada mañana nos recitaba un poema antes del desayuno. Y nada de cosas simples, no señor. No se sorprenda si sus versos lo dejan rascándote la cabeza, aunque eso era lo más maravilloso. No necesitabas entenderlos. La mera voz del señor Andrews era suficiente para plasmar en tu cabeza las imágenes más hermosas. Le juro que ni cuando tenía ojos yo había visto un mar tan remotamente bello como el que él describía, y eso que en mi juventud yo seguido fui a la Costa Esmeralda. ¿Ha ido usted alguna vez? Entonces estará de acuerdo conmigo en su espectacularidad. Pero bueno, ¿en qué estaba? Ah sí, los poemas. Unas cosas tremendas, la mejor forma de empezar el día. Extraño tanto los poemas del señor Andrews. Eli también los extrañaba, aunque seguido acreditaba su dolor, no a la pérdida de los poemas, sino a la del poeta mismo, quien según ella no era nada mal parecido. Claro que eso lo decía en broma. Ya a nuestra edad no tenemos interés en el romance. Pero era agradable platicar con Eli como si aún fuéramos jovencitas de secundaria. Ella era tan dulce. ¿Puede usted creer que poco después de conocerme, se dio a la tarea de ser mis ojos? Me guiaba a todos lados y me describía mis alrededores. Yo reciprocaba este favor siendo sus oídos, aunque ella no estuviese del todo sorda. Para serle sincera, sospecho que fingía no escuchar para hacerme sentir útil, ese tipo de persona era Eli. Formé una relación especial con ella al poco tiempo de conocernos. Me dolió mucho cuando se fue y me toma un esfuerzo tremendo recordar su ausencia. Con decirle que a veces, cuando alguien suelta un comentario al aire, me giro a mi izquierda porque ahí era donde ella se solía sentar y repito las palabras como si su oído aún estuviese presente. Así de profundo se incrustó el hábito en mí.

Estoy convencida que los otros residentes me ven con lástima cuando hago esto. Solo el señor Jacobs, tan caballeroso, pareció preocuparse por mí. Se me acercaba a pedir mi permiso para sentarse a mi lado y platicar. Sin tener que escucharlo yo sabía que era él. El señor Jacobs tenía un olor inconfundible, a loción para afeitar y pomada para los juanetes. ¿Por qué hizo esa mueca? Usted sabe a qué me refiero, no se haga tonto. Aún ciega, yo sé que usted hizo una mueca de repudio; pues déjeme le aseguro, el aroma del señor Jacobs no era para nada desagradable. Todas sus lociones y pomadas eran perfumadas y de la más alta calidad. Las protegía con recelo también. Eso y sus trajes. Todas las mañanas salía de su habitación de traje y corbata. En algunas ocasiones se ponía un sombrero y en esos días caminaba por todo el asilo como si fuese dueño del lugar. Siempre bien vestido el señor Jacobs, incluso traía ya puesto el traje con el que fue sepultado. Eso me dejó muy sorprendida. Algunas personas simplemente saben cuando la hora les ha llegado. Sin duda Jacobs era una de ésas. Siempre creí que yo también lo sabría, pero para serle franca… ¿sabe a quién más sospecho que le anunciaron el final de su camino? La señora Abbot ¿La recuerda? Con su cabello largo y nevado. Nunca peinada, siempre de camisón y pantuflas, excepto el día antes de que se nos fuera.  Era un domingo, ella se presentó a la capilla con su mejor vestido, maquillada, peinada, deslumbrándonos a todos con los anillos en sus dedos y unos hermosos aretes colgado de sus oídos. Por lo menos eso fue lo que Eli me contó. La señora Abbot se puso todas sus joyas ese día y logró verse más hermosa que de costumbre. Sí, como lo escuchó. La señora Abbot, aún entrando a sus noventas, tenía a muchos pretendientes en el asilo. Le lanzaban piropos de los de aquellos tiempos y le ofrecían escoltarla hasta su habitación luego de la cena. El señor O’Toole, le dedicó más canciones que a cualquier otra. Aún con su artritis tocaba la guitarra y nos serenaba con su voz angelical. Seguido nos decía que ya su canto no era lo de antes. Entendible, ¿no cree? Pero era un gran cantante el señor O’Toole, aunque lo que tenía de músico también lo tenía de mujeriego. Nunca contrajo matrimonio. Vivió su vida una amante a la vez. Solía decir que no encontró a su amor verdadero hasta que llegó a este asilo. Ya se ha de imaginar la reacción de la señora Abbot. “¡A todas les has de decir lo mismo, viejo charlatán!” le gritaba con fuerza, para que todos la escucháramos. Por supuesto, nadie lo tomaba en serio, ni siquiera él mismo. Nos divertíamos mucho viendo al señor O`Toole ir detrás de la señora Abbot. Quizás por eso su muerte nos afectó tanto. A la señora Abbot más que a nadie, por supuesto y sin duda el señor O`Toole se fue convencido de que la conquistaría. 

Usted ha de pensar que ya a mi edad uno está acostumbrado al cambio, pero eso no es del todo cierto. Aceptamos la realidad, la inevitable permuta a nuestro alrededor. Eso no significa que nos resignemos a que deba ser de esta manera. Ya en el invierno de nuestras vidas hemos pasado por tantas experiencias; todo lo que queremos es un poco de constancia ¿me entiende? Pensé haberla encontrado aquí, con los poemas, con las risas, las canciones y las pomadas, mas el tiempo nuevamente me arrebató mi seguridad. Por lo mismo le pido a usted que me lleve a donde ya no habrá más cambio. Ya estoy muy cansada, he pasado por muchos días, unos buenos y otros no tanto, pero agradecida por cada uno de ellos. Ahora solo quiero regresar a aquello que ya comenzaba a sentirse como un hogar, así que dígame, ¿le hará una bondad a esta vieja ciega, para que tenga que empacar sus maletas por una última ocasión?