La Mariposa

Un día en el bosque, los animalitos se percataron de que una mariposa que se había postrado en una orquídea silvestre llevaba mucho tiempo sin moverse. Aun cuando todo el néctar de la flor se había secado y el sol se escondía y volvía a salir una y otra vez, la mariposa se mantuvo quietecita en su lugar.

Preocupado por la mariposa, el gusano le preguntó qué sucedía, pero ella se negó a responder. Lo mismo ocurrió cuando la polilla, la hormiga y la luciérnaga le preguntaron. No fue sino hasta que la araña le rogó que le dijera por qué no se iba volando, que la mariposa, con un profundo suspiro, respondió:

— ¿Has escuchado alguna vez sobre la teoría del caos?

Manual del Veinteañero Contemporáneo

Despiertas antes que tu alarma, gruñendo y desanimado. Aborreces el prospecto de salir de la cálida seguridad de las sábanas.

Arrastra los pies hasta el baño y descarga tu vejiga, la cual te negaste a desembocar la noche anterior, porque cruzar las piernas e ignorar el problema era preferente a arriesgarte a perder el sueño. Salpica agua en tu cara para recibir esa momentánea carga de energía.

Pasa a la cocina e inspecciona repetidas veces los contenidos del refrigerador, antes de resignarte por la leche y el cereal de fibra, mismo desayuno que la mañana anterior. 

Ya se te hace tarde. Con la boca llena de hojuelas añejas, corre a cambiarte. Recoge el pantalón del pie de tu cama, olfatéalo antes de deslizar ambas piernas adentro y subir la bragueta. Abotona la camisa y ponte la corbata. Apriétala y procura no pensar en el significado simbólico de ese acto. Corre al baño una vez más. Lávate los dientes y pasa un peine por tu cabello enmarañado. Sal disparado por la puerta. 

Llegas tarde a la oficina, lo suficiente para que tu jefe te dirija una mirada de reproche, pero no tanto como para que valga la pena hacerlo verbalmente. Siéntate en tu cubículo y enciende la computadora. Elabora los reportes bimestrales, esos que tuviste que entregar hace dos días.

Mientras tecleas, imagina que estás en otro lugar. Cualquier lugar que no sea este. Piensas en un escenario frente una inmensa audiencia, donde diez años de lecciones de piano a los que te arrastraba tu madre tienen un propósito. Escalas los Alpes franceses, el viento fresco sobre tu rostro, en lugar de la rancia ráfaga del aire acondicionado de la oficina. Recorres una alfombra roja en compañía de las celebridades de Hollywood, ahora que tu guion fue nominado a múltiples, prestigiosos galardones y tú eres la nueva promesa de la industria. Refúgiate en la fantasía hasta la hora del almuerzo.

Con un tenedor de plástico lleva a tu boca, a duras penas, la ensalada que compraste en el comedor del edificio; una amplia cama de lechuga, pepino, brócoli, tomate y la más diminuta porción de trozos de pollo a la plancha. Sin crotones ni aderezo, porque la última vez que te plantaste frente al espejo, notaste como tu camisa se abultaba alrededor de tu estómago y esos rollitos en tus costados tomaban la forma de flotadores inflables. 

Levanta la mirada y ubícala directamente frente a ti, dónde la secretaria del jefe pasa el almuerzo en compañía de la directora de recursos humanos. Regocíjate en sus ojos tono avellana, sus pómulos colorados y labios tiernos. Piensas en cómo se veía durante la posada de la oficina el año anterior. Desvía tu mirada cuando un trozo de pasta caiga desde su tenedor hasta su escote, y ella meta dos dedos dentro de la blusa en su búsqueda. Abochornado, guarda tu ensalada y regresa a tu cubículo, a terminar los reportes bimestrales. 

Durante las próximas horas observa cómo tus compañeros se retiran, uno por uno. Tú no. Tú no tienes que recoger a los niños de sus actividades vespertinas, ni tienes una esposa esperando en casa para cenar juntos.

Tú retírate de la oficina instantes después del jefe, porque tienes que dar una buena impresión y resarcir por la tardanza de esta mañana. Te espera hora y cuarto apachurrado en el camión, si es que en tu camino no se cruza un accidente vial o una manifestación.

Llega exhausto al departamento que compartes con tres amigos de la universidad. No se han hablado en toda la semana, ni porque viven en los mismos ochenta metros cuadrados. Recordarás que la interacción más larga que has tenido cara a cara con otro ser humano durante la semana, fue con la señora que te vendió esa insípida ensalada que ahora se pudre en tu lonchera. Piensa en la redundancia de poner las palabras “insípida” y “ensalada” lado a lado en una sola oración.

Tírate en el sofá, ignora los múltiples recibos de cobro que recolectan polvo en la mesita y enciende el televisor. Decide entre aventurarte a ver esa serie de estreno en Netflix o meramente repetir alguna que ya has visto en múltiples ocasiones. Repite esa serie que ya conoces de memoria.

Cuando tu estómago te lo pide, levántate del sillón y dirígete a la cocina. Repite el ritual de esta mañana: revisa los escasos contenidos del refrigerador y cena cereal de fibra con leche al borde de la acidez. Abandona tus platos sucios entre la existente pila en el fregadero, la cual amenaza con desbordarse.

Desvístete, toma una toalla y pasa a la regadera. Con el agua tibia sobre ti, mastúrbate veloz y desapasionadamente. Toma un recorrido mental por tus fantasías usuales y vente sobre los azulejos del baño. Sientes como la vergüenza se desliza por tu cuerpo. Estás mojado, desnudo, con la verga arrugada y sientes los ojos del mundo sobre ti. Eres diminuto. Recuerdas el discurso que el estudiante de excelencia académica dio el día de tu graduación. Piensas que en algún punto fuiste una revelación. Fuiste una promesa. Piensa en dónde te encuentras ahora. 

Se terminó el agua caliente. Rápidamente, pasa la barra de jabón sobre tu cuerpo y el shampoo por tu cabello. Apenas sales del baño, la toalla amarrada alrededor de tu cintura, cuando uno de tus compañeros de casa entra y azota la puerta sin siquiera saludar.

En tu habitación, tira la toalla y ponte la pijama. Acuéstate en la cama, bajo la seguridad de tus cobijas. Dirige una mirada al libro que descansa sobre tu buró, ese que compraste meses antes y no has leído más allá del prólogo.

Saca el celular y revisa las publicaciones más recientes de tu círculo social. Las fotos de las vacaciones que tomó ese ex-compañero de la secundaria; el anuncio que, allá en tu ciudad natal, tu vecino de la infancia y su novia tendrán un bebé. Mira cómo a la chava que te gustaba en la preparatoria le propusieron matrimonio y que tu primo obtuvo un trabajo en el extranjero. Sientes en tus entrañas un vacío.

Bloquea el celular. Apaga la luz. Quédate unos minutos observando el techo, tu cabeza sobre la almohada, tus manos entrelazadas descansando sobre tu estómago.

Decides que ya es hora de dormir. Decides que mañana llegarás temprano a la oficina y le pedirás muy cordialmente a la secretaria del jefe si puedes acompañarla a comer. Que llegarás al departamento, invitarás a tus compañeros de casa a compartir una cerveza en la sala y te irás a dormir temprano, no sin antes leer un par de capítulos de ese libro.

Despiertas antes que tu alarma y lo repites todo una vez más.

Filet Mignon

El cazador blandió la hoja tres veces contra la roca para afilar, posteriormente deslizando el cuchillo entre la roja y sangrante carne, cortando un grueso filete, ideal para su guiso predilecto.

Delicadamente lo colocó sobre un plato, empapándolo en un marinado de vino tinto y vinagre balsámico. Permitió que la carne absorbiera los jugos y se empreñara de su sabor. 

Dirigió su atención a las zanahorias y espárragos que hervían en la olla, luego a las papas listas para ser peladas y machacadas.  El resto de la carne reposaba sobre la barra de su cocina; necesitaría un congelador más grande para conservar los frutos de su más reciente cacería. La presa había dado una buena batalla, escabulléndose sigilosamente en el bosque, pero al final no fue rival para la mira de su rifle.

Vertió aceite extra-virgen en una sartén, sus oídos deleitados al escuchar el relajante chisporroteo cuando posteriormente postró el filete sobre esta. Los vapores ascendían. El aroma lo incitaba a pasar la lengua sobre sus labios, saboreando el placer de un Filet Mignon con cubierta balsámica.

El asado a término medio era esencial, no había otra manera de comer tan suculento corte. Era un juego de paciencia la cual él poseía en abundancia.

Vistió la mesa con un impecable mantel blanco, encendió un candelabro al centro y colocó la plata fina a los costados de su plato de vajilla china. Había un orden casi natural en tal acto. Una botella de vino tinto, cosecha 1940 de un humilde viñedo francés, combinaría maravillosamente con su manjar.

Espolvoreó especias finas sobre los vegetales. El filete lo tomó con pinzas y delicadamente lo sirvió sobre su plato. Estaba grasoso y suave. Imaginó su centro rosado. En su paladar casi podía sentir su fibrosa textura. Arregló sus alimentos con finura, asegurándose que ningún platillo tocara al otro.

Tomó asiento, destapó el vino para permitirle respirar. Tras servirse media copa, inhaló su simultáneamente armónica dulzura y amargura. Perfección.  Lentamente partió un pedazo de carne, los jugos se derramaron por los costados y esparcieron sobre el puré en arroyos carmesí.  

Masticó la carne lentamente, saboreando su complacencia y concluyó que la labor había valido todo su esfuerzo. Cortó otro pedazo y lo puso en su boca. Miró una vez más el resto de la carne, experimentando angustia a la idea que el sabor luego de congelarla nunca volvería a asemejar a la suculencia que actualmente deleitaba su paladar, mas no permitió que tal hecho lo perturbara demasiado.  De cualquier manera, algún otro joven excursionista tendría que toparse con su cabaña tarde o temprano.