No te tatúes

Es una lástima que las bellas palabras de la literatura se ven en la necesidad de ser utilizadas para reflejar una fea realidad

Literoblastos

Por Alejandra Maraveles

No te tatúes, por enésima vez, sólo los presos hacen eso, no me importa si tu amiga Laura lo hizo, una hija mía no va a andar pintarrajeada por la vida, no es algo que se quite con agua y con jabón. Todavía eres menor de edad y no te doy permiso. No te tatúes, tiendo a pensar mal de esa gentuza, las personas respetables no lo hacen, ¿cuándo has visto a un sacerdote con esas cosas? Si lo haces a tu abuela le va a dar un infarto. No te tatúes, tienes un cuerpo perfecto y tu cara divina, ni siquiera necesitas maquillaje para verte bien, ¿para qué venir a desgraciar tu cuerpo con esos dibujos sobre tu piel? No te tatúes, Lady Gaga y Justin Bieber son artistas, viven de escándalos, ellos necesitan llamar la atención y ser fotografiados por los paparazzis. Entiendo, ya eres…

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Alma en Garantía

Literoblastos

Por Jorge H. Haro

Pasaron casi cinco minutos de absoluto silencio desde que Mateo entró a la oficina del gerente del Banco Nacional, hasta aquel momento en el que ese hombre colorado y regordete mostró indicios de haberse percatado de su existencia.

El gerente, de nombre Isaías Rulfo según la reluciente placa en su escritorio, había estado bebiendo de su taza de café, mientras que con su mano libre reorganizaba papeles o tecleaba ruidosamente en su computadora. Cuando al fin le dirigió la palabra a Mateo, Rulfo pareció no advertir nada inapropiado en su comportamiento.

—Buen día, caballero. Tome asiento, por favor. ¿En qué le puedo ayudar? 

Mateo se sentó frente al escritorio del gerente y limpió su garganta. De su frente brotaban diminutas gotas de sudor que secó con la manga de su saco.

—Vine a solicitar un crédito —masculló—. Verá, tengo entre las manos un proyecto de emprendimiento…

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Manual del Veinteañero Contemporáneo

Literoblastos

Por Jorge H. Haro

Despiertas antes que tu alarma, gruñendo y desanimado. Aborreces el prospecto de salir de entre la cálida seguridad de las sábanas.

Arrastra los pies hasta el baño y descarga tu vejiga, la cual te negaste a desembocar la noche anterior, porque cruzar las piernas e ignorar el problema es preferente a arriesgarte a perder el sueño. Salpica agua en tu cara para recibir esa momentánea carga de energía.

Pasa a la cocina e inspecciona repetidas veces los contenidos del refrigerador, antes de resignarte por la leche y el cereal de fibra, mismo desayuno que la mañana anterior.

Ya se te hace tarde. Con la boca llena de hojuelas añejas, corre a cambiarte. Recoge el pantalón del pie de tu cama, olfatéalo antes de deslizar ambas piernas adentro y subir la bragueta. Abotona la camisa y ponte la corbata. Apriétala y procura no pensar en el significado…

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Rigoberto y las gallinas mutantes

Siempre puedes contar con fantásticos cuentos en Literoblastos. ¡Disfruten!

Literoblastos

Por E. Pérez Fonseca

Antes que se descompusiera el refrigerador, todos convivíamos como gente decente dentro de la granja; el mozo tenía su cuarto y nadie lo molestaba, los perros tenían sus jaulas donde sólo se metían a dormir y el resto del día lo pasaban ladrando a quien anduviera junto a la cerca; las gallinas sólo hacían ruidos cuando querían su revoltura o que les prendiera el foco en las noches, el caballo y las vacas permanecían en los corrales sin dilema alguno. Rigoberto y yo, desde que se habían casado nuestros hijos, la pasábamos cuidando a los nietos. Pero volvamos al refrigerador, si no se hubiera descompuesto, nosotros seguiríamos muy tranquilos como habíamos vivido siempre, en nuestra casa dentro de la granja. Y es que un día ya no enfrió y Rigoberto lo llevó a reparar con mi compadre, el esposo de Patricia. Pobre Patricia, no sé cómo…

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