Plegaria

No espero conseguir lo que le pido. Cualquiera pensaría que es una locura, pero me parece importante hacer la aclaración. Éstas no son solo las palabrerías de una anciana, ni me lo estoy inventando para que me saquen de aquí. Al contrario, el vivir en un asilo fue idea mía. Sí, como lo escuchó. Yo le imploré a mi hijo que me mudaran para acá, a pesar de que él siempre me ha tratado bien. De hecho, el muy testarudo se resistió a enviarme. Le insistí por meses, no se imagina cuánto, e incluso hoy en día cuando viene de visita me pregunta si no preferiría volver a casa y yo le repito hasta el cansancio “esta es mi casa ahora”. Francamente, apenas se empezaba a sentir como un hogar. Por supuesto que eso no se lo puedo decir; tendría mis maletas empacadas antes de lograr levantarme de mi silla. Me rehúso a ser una carga para él una vez más. Mi hijo y su esposa trabajan mucho y desde que nació, mi nieto ha requerido atención especial. Ellos no necesitan además cargar con el cuidado de una anciana ciega. La vista la perdí hace apenas un par de años y aunque quisiera decir que me sé valer por mí misma, bueno, es muy difícil adaptarse a este nuevo estilo de vida. Nada te prepara a que las luces sean apagadas de repente luego de toda una vida bajo el sol. Mi presencia aquí es lo mejor para todos. 

No me malentienda, yo siempre pensé en los asilos como esos lugares espantosos, grises, donde los ancianos esperamos a que se nos acabe el reloj. A pesar de mi disposición a hacer el sacrificio, esa impresión en mi cabeza me tenía mortificada cuando llegué. Usted imagine mi sorpresa cuando este lugar resultó ser tan agradable. 

Lo agradezco todo a los otros residentes. Me saqué la lotería con mis compañeros, tan cultos y civilizados, en especial el señor Andrews. ¡Ese hombre! Cada mañana nos recitaba un poema antes del desayuno. Y nada de cosas simples, no señor. No se sorprenda si sus versos lo dejan rascándote la cabeza, aunque eso era lo más maravilloso. No necesitabas entenderlos. La mera voz del señor Andrews era suficiente para plasmar en tu cabeza las imágenes más hermosas. Le juro que ni cuando tenía ojos yo había visto un mar tan remotamente bello como el que él describía, y eso que en mi juventud yo seguido fui a la Costa Esmeralda. ¿Ha ido usted alguna vez? Entonces estará de acuerdo conmigo en su espectacularidad. Pero bueno, ¿en qué estaba? Ah sí, los poemas. Unas cosas tremendas, la mejor forma de empezar el día. Extraño tanto los poemas del señor Andrews. Eli también los extrañaba, aunque seguido acreditaba su dolor, no a la pérdida de los poemas, sino a la del poeta mismo, quien según ella no era nada mal parecido. Claro que eso lo decía en broma. Ya a nuestra edad no tenemos interés en el romance. Pero era agradable platicar con Eli como si aún fuéramos jovencitas de secundaria. Ella era tan dulce. ¿Puede usted creer que poco después de conocerme, se dio a la tarea de ser mis ojos? Me guiaba a todos lados y me describía mis alrededores. Yo reciprocaba este favor siendo sus oídos, aunque ella no estuviese del todo sorda. Para serle sincera, sospecho que fingía no escuchar para hacerme sentir útil, ese tipo de persona era Eli. Formé una relación especial con ella al poco tiempo de conocernos. Me dolió mucho cuando se fue y me toma un esfuerzo tremendo recordar su ausencia. Con decirle que a veces, cuando alguien suelta un comentario al aire, me giro a mi izquierda porque ahí era donde ella se solía sentar y repito las palabras como si su oído aún estuviese presente. Así de profundo se incrustó el hábito en mí.

Estoy convencida que los otros residentes me ven con lástima cuando hago esto. Solo el señor Jacobs, tan caballeroso, pareció preocuparse por mí. Se me acercaba a pedir mi permiso para sentarse a mi lado y platicar. Sin tener que escucharlo yo sabía que era él. El señor Jacobs tenía un olor inconfundible, a loción para afeitar y pomada para los juanetes. ¿Por qué hizo esa mueca? Usted sabe a qué me refiero, no se haga tonto. Aún ciega, yo sé que usted hizo una mueca de repudio; pues déjeme le aseguro, el aroma del señor Jacobs no era para nada desagradable. Todas sus lociones y pomadas eran perfumadas y de la más alta calidad. Las protegía con recelo también. Eso y sus trajes. Todas las mañanas salía de su habitación de traje y corbata. En algunas ocasiones se ponía un sombrero y en esos días caminaba por todo el asilo como si fuese dueño del lugar. Siempre bien vestido el señor Jacobs, incluso traía ya puesto el traje con el que fue sepultado. Eso me dejó muy sorprendida. Algunas personas simplemente saben cuando la hora les ha llegado. Sin duda Jacobs era una de ésas. Siempre creí que yo también lo sabría, pero para serle franca… ¿sabe a quién más sospecho que le anunciaron el final de su camino? La señora Abbot ¿La recuerda? Con su cabello largo y nevado. Nunca peinada, siempre de camisón y pantuflas, excepto el día antes de que se nos fuera.  Era un domingo, ella se presentó a la capilla con su mejor vestido, maquillada, peinada, deslumbrándonos a todos con los anillos en sus dedos y unos hermosos aretes colgado de sus oídos. Por lo menos eso fue lo que Eli me contó. La señora Abbot se puso todas sus joyas ese día y logró verse más hermosa que de costumbre. Sí, como lo escuchó. La señora Abbot, aún entrando a sus noventas, tenía a muchos pretendientes en el asilo. Le lanzaban piropos de los de aquellos tiempos y le ofrecían escoltarla hasta su habitación luego de la cena. El señor O’Toole, le dedicó más canciones que a cualquier otra. Aún con su artritis tocaba la guitarra y nos serenaba con su voz angelical. Seguido nos decía que ya su canto no era lo de antes. Entendible, ¿no cree? Pero era un gran cantante el señor O’Toole, aunque lo que tenía de músico también lo tenía de mujeriego. Nunca contrajo matrimonio. Vivió su vida una amante a la vez. Solía decir que no encontró a su amor verdadero hasta que llegó a este asilo. Ya se ha de imaginar la reacción de la señora Abbot. “¡A todas les has de decir lo mismo, viejo charlatán!” le gritaba con fuerza, para que todos la escucháramos. Por supuesto, nadie lo tomaba en serio, ni siquiera él mismo. Nos divertíamos mucho viendo al señor O`Toole ir detrás de la señora Abbot. Quizás por eso su muerte nos afectó tanto. A la señora Abbot más que a nadie, por supuesto y sin duda el señor O`Toole se fue convencido de que la conquistaría. 

Usted ha de pensar que ya a mi edad uno está acostumbrado al cambio, pero eso no es del todo cierto. Aceptamos la realidad, la inevitable permuta a nuestro alrededor. Eso no significa que nos resignemos a que deba ser de esta manera. Ya en el invierno de nuestras vidas hemos pasado por tantas experiencias; todo lo que queremos es un poco de constancia ¿me entiende? Pensé haberla encontrado aquí, con los poemas, con las risas, las canciones y las pomadas, mas el tiempo nuevamente me arrebató mi seguridad. Por lo mismo le pido a usted que me lleve a donde ya no habrá más cambio. Ya estoy muy cansada, he pasado por muchos días, unos buenos y otros no tanto, pero agradecida por cada uno de ellos. Ahora solo quiero regresar a aquello que ya comenzaba a sentirse como un hogar, así que dígame, ¿le hará una bondad a esta vieja ciega, para que tenga que empacar sus maletas por una última ocasión?

Aquello que yo veo

Me quedo pensativo cuando la gente me pregunta aquello que en ella veo ¿Porque cómo podría el mundo entender, cuando yo mismo soy un ignorante? ¿De qué manera puedo yo enunciar para sus oídos, todo aquello que me la hace entrañable?

Les hablo de sus ojos, esos globos verdes putrefacto, abrazados por ojeras de mapache, que cuando miras directamente en ellos, piensas en los desechos de paloma que plagan las gárgolas en lo alto de la catedral. Les cuento de sus labios, delgados y secos, rosas marchitas; de las palabras de carcamán y risas como mugido de vaca desnutrida, que escapan de entre las amarillezcas perlas en su boca. Les explico en detalle los pelos de estropajo que brotan de su cabeza, sus tonos de escamocha, rojos, naranjas y amarillos, sus puntas abiertas y raíces canosas.

Quieren saber qué veo en ella. Les digo que los versos de Shakespeare, las melodías de Bach y los colores de Picasso. Veo todo aquello que un par de simples ojos no pueden percibir. Veo una campesina entronizada, una barbaridad nacida en luz, una pintura cubista vuelta carne y hueso. Ella, el entronque de todo lo bello y repugnante, un carbón más brillante que cualquier diamante.

Me quedo pensativo cuando me preguntan qué es lo que en ella veo. Luego sonrío lamentoso, compadeciendo la ceguera en la que habitan.

Manual del Veinteañero Contemporáneo

Despiertas antes que tu alarma, gruñendo y desanimado. Aborreces el prospecto de salir de la cálida seguridad de las sábanas.

Arrastra los pies hasta el baño y descarga tu vejiga, la cual te negaste a desembocar la noche anterior, porque cruzar las piernas e ignorar el problema era preferente a arriesgarte a perder el sueño. Salpica agua en tu cara para recibir esa momentánea carga de energía.

Pasa a la cocina e inspecciona repetidas veces los contenidos del refrigerador, antes de resignarte por la leche y el cereal de fibra, mismo desayuno que la mañana anterior. 

Ya se te hace tarde. Con la boca llena de hojuelas añejas, corre a cambiarte. Recoge el pantalón del pie de tu cama, olfatéalo antes de deslizar ambas piernas adentro y subir la bragueta. Abotona la camisa y ponte la corbata. Apriétala y procura no pensar en el significado simbólico de ese acto. Corre al baño una vez más. Lávate los dientes y pasa un peine por tu cabello enmarañado. Sal disparado por la puerta. 

Llegas tarde a la oficina, lo suficiente para que tu jefe te dirija una mirada de reproche, pero no tanto como para que valga la pena hacerlo verbalmente. Siéntate en tu cubículo y enciende la computadora. Elabora los reportes bimestrales, esos que tuviste que entregar hace dos días.

Mientras tecleas, imagina que estás en otro lugar. Cualquier lugar que no sea este. Piensas en un escenario frente una inmensa audiencia, donde diez años de lecciones de piano a los que te arrastraba tu madre tienen un propósito. Escalas los Alpes franceses, el viento fresco sobre tu rostro, en lugar de la rancia ráfaga del aire acondicionado de la oficina. Recorres una alfombra roja en compañía de las celebridades de Hollywood, ahora que tu guion fue nominado a múltiples, prestigiosos galardones y tú eres la nueva promesa de la industria. Refúgiate en la fantasía hasta la hora del almuerzo.

Con un tenedor de plástico lleva a tu boca, a duras penas, la ensalada que compraste en el comedor del edificio; una amplia cama de lechuga, pepino, brócoli, tomate y la más diminuta porción de trozos de pollo a la plancha. Sin crotones ni aderezo, porque la última vez que te plantaste frente al espejo, notaste como tu camisa se abultaba alrededor de tu estómago y esos rollitos en tus costados tomaban la forma de flotadores inflables. 

Levanta la mirada y ubícala directamente frente a ti, dónde la secretaria del jefe pasa el almuerzo en compañía de la directora de recursos humanos. Regocíjate en sus ojos tono avellana, sus pómulos colorados y labios tiernos. Piensas en cómo se veía durante la posada de la oficina el año anterior. Desvía tu mirada cuando un trozo de pasta caiga desde su tenedor hasta su escote, y ella meta dos dedos dentro de la blusa en su búsqueda. Abochornado, guarda tu ensalada y regresa a tu cubículo, a terminar los reportes bimestrales. 

Durante las próximas horas observa cómo tus compañeros se retiran, uno por uno. Tú no. Tú no tienes que recoger a los niños de sus actividades vespertinas, ni tienes una esposa esperando en casa para cenar juntos.

Tú retírate de la oficina instantes después del jefe, porque tienes que dar una buena impresión y resarcir por la tardanza de esta mañana. Te espera hora y cuarto apachurrado en el camión, si es que en tu camino no se cruza un accidente vial o una manifestación.

Llega exhausto al departamento que compartes con tres amigos de la universidad. No se han hablado en toda la semana, ni porque viven en los mismos ochenta metros cuadrados. Recordarás que la interacción más larga que has tenido cara a cara con otro ser humano durante la semana, fue con la señora que te vendió esa insípida ensalada que ahora se pudre en tu lonchera. Piensa en la redundancia de poner las palabras “insípida” y “ensalada” lado a lado en una sola oración.

Tírate en el sofá, ignora los múltiples recibos de cobro que recolectan polvo en la mesita y enciende el televisor. Decide entre aventurarte a ver esa serie de estreno en Netflix o meramente repetir alguna que ya has visto en múltiples ocasiones. Repite esa serie que ya conoces de memoria.

Cuando tu estómago te lo pide, levántate del sillón y dirígete a la cocina. Repite el ritual de esta mañana: revisa los escasos contenidos del refrigerador y cena cereal de fibra con leche al borde de la acidez. Abandona tus platos sucios entre la existente pila en el fregadero, la cual amenaza con desbordarse.

Desvístete, toma una toalla y pasa a la regadera. Con el agua tibia sobre ti, mastúrbate veloz y desapasionadamente. Toma un recorrido mental por tus fantasías usuales y vente sobre los azulejos del baño. Sientes como la vergüenza se desliza por tu cuerpo. Estás mojado, desnudo, con la verga arrugada y sientes los ojos del mundo sobre ti. Eres diminuto. Recuerdas el discurso que el estudiante de excelencia académica dio el día de tu graduación. Piensas que en algún punto fuiste una revelación. Fuiste una promesa. Piensa en dónde te encuentras ahora. 

Se terminó el agua caliente. Rápidamente, pasa la barra de jabón sobre tu cuerpo y el shampoo por tu cabello. Apenas sales del baño, la toalla amarrada alrededor de tu cintura, cuando uno de tus compañeros de casa entra y azota la puerta sin siquiera saludar.

En tu habitación, tira la toalla y ponte la pijama. Acuéstate en la cama, bajo la seguridad de tus cobijas. Dirige una mirada al libro que descansa sobre tu buró, ese que compraste meses antes y no has leído más allá del prólogo.

Saca el celular y revisa las publicaciones más recientes de tu círculo social. Las fotos de las vacaciones que tomó ese ex-compañero de la secundaria; el anuncio que, allá en tu ciudad natal, tu vecino de la infancia y su novia tendrán un bebé. Mira cómo a la chava que te gustaba en la preparatoria le propusieron matrimonio y que tu primo obtuvo un trabajo en el extranjero. Sientes en tus entrañas un vacío.

Bloquea el celular. Apaga la luz. Quédate unos minutos observando el techo, tu cabeza sobre la almohada, tus manos entrelazadas descansando sobre tu estómago.

Decides que ya es hora de dormir. Decides que mañana llegarás temprano a la oficina y le pedirás muy cordialmente a la secretaria del jefe si puedes acompañarla a comer. Que llegarás al departamento, invitarás a tus compañeros de casa a compartir una cerveza en la sala y te irás a dormir temprano, no sin antes leer un par de capítulos de ese libro.

Despiertas antes que tu alarma y lo repites todo una vez más.