La Hermana Agua

I

En un momentáneo acelerón de adrenalina, Javi corrió por el pasillo gritando una majadería a todo pulmón. Extendió su alarido por toda la planta baja del colegio, luego subió la escalera principal y se adentró al baño de hombres antes de que alguien lo avistara.

Se encerró en uno de los cubículos y le puso el seguro. Luego se desabrochó el cinturón, se bajó tanto el pantalón del uniforme como su ropa interior y tomó asiento en la taza. Esperó. El Hermano Chava no tardaría en entrar al baño de hombres en busca del alborotador. Javi tendría entonces que agudizar sus habilidades de actuación.

Dicho y hecho, el Hermano Chava, Prefecto por excelencia del Colegio Cristóbal Colón desde mucho antes que Javi o alguno de sus compañeros llegaran al mundo, entró al baño arrastrando los pies y comenzó a inspeccionar los cubículos. Al llegar dónde Javi se encontraba, lo interrogó a través de la puerta por casi cinco vergonzosos minutos, en los que el jovencito gruñó y fingió estar en proceso de redactarle una respuesta al llamado de la naturaleza.

No exactamente convencido de su inocencia, pero sin prueba alguna de lo contrario, el Hermano Chava se retiró refunfuñando. Fue entonces que Javi pudo suspirar en alivio. Salió del baño y se lavó las manos, antes de subir las escaleras hasta su salón en el tercer piso. De camino a su pupitre sentía tras de él las miradas burlonas de sus compañeros, los que atribuían su tardanza a que había estado pintado porcelana. Igual y todo eso estaba en su cabeza. Era difícil saberlo. A los trece años de edad, todo se siente como una burla hacia tu persona.

Javi se dejó caer en su asiento y miró a Rafa, quien sentado a su izquierda tenía en su rostro una mueca de satisfacción.

—¿Te cacharon? —preguntó Rafa en un susurro. Javi negó con la cabeza. Evitaba hablar en clase. A pesar de su avanzada edad, la maestra Alma tenía excelentes sentidos cuando se trataba de regañar a sus alumnos. Podía escuchar una conversación sucediendo en las filas traseras y tenía olfato de un sabueso para identificar que alguien intentaba introducir comida al aula. Eso sí, cuando cometía un error en las boletas de calificaciones, entonces de repente se hacía de la vista gorda. 

—Pues de todos modos no cuenta. 

—¿Por qué no? —reclamó Javi. 

—Yo no escuché nada y no te vi hacerlo. Nada asegura que sí cumpliste. 

—Ni madres, eso es culpa tuya por mala planeación. Yo cumplí, así que ahora el turno es mío. 

Rafa frunció el ceño. Le encantaba poner retos casi tanto como inventarse excusas para que no lo retaran. Tristemente para él, ahora era turno de Javi y este planeaba cobrar venganza.

A su juego le llamaban “culo si no”. Un reto era propuesto y de no cumplirlo, eras culo. Así de sencillo. Tenía reglas escasas, confusas y flexibles; el límite era únicamente la imaginación. La indecencia, la reputación y la autoridad podían ser ignoradas. El tiempo de juego cubría las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Desde que el primer reto fue profesado, Rafa, Javi y el resto de sus amigos vivían en un constante estado de estupor juvenil. 

El timbre zumbó por los salones, llevando consigo una ola de placidez que se extendió entre los fatigados pupilos. Poco después de su regreso, Javi había decidido guardar su reto hasta la hora del recreo. Su creatividad fluía mejor afuera del salón y lejos del ojo vigilante de la maestra Alma. 

Aun así, la escuela no proveía el mejor ambiente para su juego. Incluso con el riesgo agregado, que indudablemente sumaba al factor de adrenalina, los jóvenes se veían mayormente limitados a dos tipos de desafíos: el romper las reglas o molestar a sus compañeros. El primero perdió mucho de su encanto cuando se percataron de lo sencillo que era no ser descubierto. El segundo, por lo general más divertido, proveía una amplia gama de posibilidades. Entre todas estas, las mejores involucraban jugarles bromas a las niñas de su grado. 

—Culo si no le pegas un chicle en la espalda a Sarah. 

—Culo si no pisas los zapatos nuevos de Emilia.

—Culo si no le levantas la falda a Ana. 

 “Las niñas se aguantan todo”, pensó Javi, recordando la ocasión en la que lo retaron a robar la mochila de Gabriela y lanzarla al techo del colegio. Estaban sentados en las gradas frente al campo de futbol, comiendo sándwiches de jamón que habían sido aplastados dentro de sus respectivas mochilas. Miró como Rafa, asqueado, le quitó la lechuga al suyo, luego dirigió su vista al grupo de niñas sentadas a unos metros de distancia. 

 —¡Culo si no invitas a Ximena a salir y la dejas plantada!— exclamó Javi emocionado. 

Rafa, con la boca llena de sándwich a medio masticar, abrió los ojos grandes como platos. 

II

Ese viernes, los dos jóvenes salieron de la escuela tan aprisa que más de un espectador pensó que estaban siendo perseguidos. Corrieron por todo el Boulevard Tepic-Xalisco hasta quedarse sin aliento, sus pies incómodos dentro de los zapatos negros de sus uniformes y sus espaldas adoloridas por cargar esas enormes mochilas llenas de sus útiles escolares, la mitad de los cuales nunca habían usado en clase. Retomaron la marcha luego de un breve descanso para comprar dos Cocas frías. Caminaron hombro a hombro por la acera hasta el entronque con Calzada del Ejército y hasta Avenida de la Cruz, dónde agradecidos por la sombra provista por los ancestrales árboles ubicados en el camellón, bajaron hasta la glorieta de La Loma. Desecharon las botellas vacías en uno de los contenedores del parque, compraron un par de nieves de limón de un vendedor ambulante y pasaron a una banca a ver los autos mientras comían.

—¿A qué hora verás a Ximena? — preguntó Javi burlesco. Rafa le mostró la palma de su mano, le dio la vuelta y uno a uno bajó todos sus dedos menos el de en medio.

Estaba consciente de la pésima idea que era tirarle sizaña poco después de haberlo humillado. La herida en el orgullo de Rafa seguía fresca. Javi lo vio todo desde las gradas, básicamente en primera fila para la acción, aunque no hubiera sido difícil avistar a amigo luego del hecho, pues el chavo se puso tan rojo de la cara que hubiera sido visto desde un avión. 

Confiaba en que el miedo a represalias causaría que Rafa se la pensara dos veces antes de atentar una venganza en la forma de un reto muy desquiciado. 

Mientras ponderaba, escuchó a su amigo limpiar su garganta estruendosamente. Lento, giró la cabeza para verlo. 

Tragó saliva. En el rostro de Rafa dibujada una sonrisa macabra, una que Javi conocía muy bien. Era una sonrisa equivalente a la gestación de una mala idea.

 —Culo si no —comenzó Rafa. El muchacho levantó su brazo y apuntó a la glorieta frente a ellos. Con la mirada, Javi siguió la línea que este trazaba. Apuntaba directo a la fuente de La Hermana Agua. —le chupas una teta. 

Javi parpadeó, inseguro de haber escuchado correctamente. 

—¿A la estatua? —preguntó. 

—¿Te rajas?

—¡Estás loco!

—Entonces culo. 

Rafa se puso de pie, triunfante. 

—¡No! Ni madres. Espérame.

 Tras asegurarse de que no vinieran automóviles, Javi se apresuró a cruzar la glorieta. Para esto, miró hacia ambos lados. Estaba consiente de lo incorrecto de tal acto, pero en todo Tepic solo había dos glorietas, así que no era inusual que algún tarado la tomara en sentido contrario. 

Ya en el centro, se posicionó frente a la fuente, procurando no verse sospechoso. Parada en su pedestal, la estatua de la Hermana Agua lo observaba en todo su esplendor. 

El día que fue erguida múltiples protestas explotaron por parte de grupos católicos de la ciudad, quienes reclamaban que la figura de una mujer desnuda no tenía lugar en un espacio público. En realidad, como todos ya sabían, el problema no estaba fundamentado en su desnudez, sino en las dimensiones de sus atributos. Con casi cuatro metros de altura más otro gracias al pedestal dónde descansaba, cada seno de la Hermana Agua tenía el mismo tamaño que la cabeza de Javi. Igual se podía hablar de sus posaderas, las cuales, algunas personas bromeaban, podrían ser usadas para atrapar a un avión en caída libre. Mientras tanto sus caderas, anchas como un túnel de desnivel, sugerían la posibilidad de una labor de parto casi instantánea. 

Javi no comprendía cual era el gran problema. En cada ocasión que pasaba por la glorieta, era como si la Hermana Agua demandara su atención. No podía despegar la vista de su perfección moldeada en cobre. La miraba, la adoraba, le hacía sentir cosquilleos en el estómago y en otras partes. Había ocasiones en las que ni los videos en internet que veía con Rafa se acercaban al placer provocado por esa figura inerte. Por lo menos esta no era una imagen. La Hermana Agua era de verdad y una verdad irrefutable era que todo hombre en Tepic le había dedicado cuando menos una puñeta.

Ya con sus calcetines hechos bola dentro de sus zapatos, los cuales colocó atrás de un arbusto que los cubría del salpicadero, y las piernas de su pantalón dobladas hasta las rodillas, Javi esperó a que no pasaran coches para treparse dentro de la fuente. El placer del agua tibia mojando sus pies se desvaneció tan pronto puso su planta en el suelo lamoso. Asqueado, procurando no resbalarse, caminó hacia el centro de la fuente y comenzó a trepar el pedestal. Algunos automóviles rodearon la glorieta durante su escalada, mas hicieron caso omiso de su presencia. A lo lejos, Rafa hacía un alboroto y le gritaba majadería y media.

El cobre de la estatua estaba caliente. Javi toleró la quemadura inicial y tras un momento de contemplación nerviosa, comenzó a trepar las piernas de la estatua. Se aferró de dónde pudiera, cualquier superficie que le diera un poco de agarre. Para cuando se sentó sobre la mano extendida de la Hermana Agua, ya sentía ese potente cosquilleo en su estómago e ingle.

Javi volvió a analizar sus alrededores; no había carros en la calle ni gente observando, solo Rafa quien ahora miraba con atención. Entonces, confiado en que no habría testigos, se inclinó hacia la estatua y puso su boca sobre el seno izquierdo, la cual inmediatamente se llenó del metálico sabor a cobre. Estuvo a punto de retirarla, pero se contuvo al percatarse que el cosquilleo se intensificaba. Javi percibió un acelerón de adrenalina mayor que el de cualquier reto o aventura. Luego de unos segundos de chupar, retiró sus labios. 

Mientras bajaba, la risa de Rafa resonando por toda la ciudad, se preguntó qué lo había poseído para chupar la teta de la estatua cuando tan fácilmente pudo solo haberle dicho a Rafa que sí lo había hecho. 

III

Javi se fue a dormir esa noche con un sabor de boca que ni la más violenta cepillada de dientes le podría a arrebatar. No se trataba de un sabor a cobre, eso era seguro, sino de uno más bestial. Una sensación que se expandía más allá de sus labios, que transportaba su sangre y producía calidez en todo su cuerpo. 

Cuando soñó, lo hizo con la fuente. Estaba en brazos de la Hermana Agua, sus piernas y espalda en cada una de las palmas extendidas frente a ella. La estatua lo cargaba por un campo estrellado, sus senos rebotando al ritmo de sus pasos. Javi en esta ocasión envolvió uno de estos con ambas manos, esperando sentir el duro metal, mas este se moldeó según la forma que sus manos le daban. Al aplicar fuerza perdían su figura. Al soltar, volvían a la normalidad. Eran carne y piel. 

Abrió los ojos de golpe al sentir la humedad. Javi se incorporó en la penunbra de su habitación y en un pánico bochornoso pasó las manos por sus empapadas cobijas. Entonces se estiró para encender la lámpara en su mesita de noche. La luz inundó el cuarto. 

La Hermana Agua lo observaba con un par de ojos cafés sin pupilas. Parada en un costado de su cama, sus palmas extendidas frente a ella, su cuerpo cubierto por una ráfaga constante de cristalinas gotas de agua.

Un grito luchaba por salir de la gargánta del joven. No encontraba su voz. Sentía que le faltaba el aliento. Intentó abrir la boca, pero la Hermana Agua lo hizo primero. De esa cavidad oscura, emergió un torrente de agua con olor a cloro que lo salpicó completo. 

—¡No mam-

Antes de que saliera por completo, su grito fue ahogado cuando una mano fría cubrió su boca. 

IV

El estruendo de un incesante chapoteo se apoderó de sus oídos. Tenía los ojos entreabiertos cuando de pronto se vio envuelto en un abrazo helado. Espantado, intentó encontrar una superficie sólida. El suelo, aunque algo resbaloso, estaba a tan solo centímetros debajo de él. Solo tuvo que reincorporarse para salir a la superficie y tomar una bocanada de aire.

Javi temblaba. Su pijama estaba empapada y sobre su cabeza sentía el golpe de una lluvia torrencial. Miró en todas direcciones sin poder ver nada más que el agua que caía en chorros. Estaba al borde de las lágrimas cuando la lluvia poco a poco fue palideciendo y fue ahí que se percató que esa no era una lluvia, sino los chorros de agua expulsados por la fuente, cuales al ceder por completo dejaron tras de sí una noche serena. 

 No había carros rodeando la glorieta ni negocios abiertos en las cercanías. Solo el alumbrado público y el lejano zumbido de los centros nocturnos en Avenida de los Insurgentes. Javi pensó en ponerse de pie, mas su cuerpo no le respondía.

Percibió una ola a sus espaldas, seguido de otra y otra más. Algo se movía en el agua de la fuente. Giró su cabeza y la avistó; la Hermana Agua estaba parada detrás de él. En esta ocasión, fueron palabras las que salieron de su boca.

 —¿Quién te da permiso de tocarme? —preguntó la estatua en tono de reproche.

Javi no supo responder. 

—¿Y bien? ¡Estoy esperando!

—E… eres una estatua —tartamudeó el joven.  De inmediato se percató que esa respuesta no era aceptable. 

—Ya veo. ¿Entonces a ti te parece bien hacerme lo que quieras solo porque creías que soy incapaz de defenderme? Pues mira que estabas gravemente equivocado. 

—¡No, no es eso! Yo no sabía lo que hacía. No sabía que te molestaba.

—¡Por supuesto que me molesta! Se necesita ser una clase especial de idiota para pensar lo contrario. Esta no es siquiera la primera ocasión en que te descubro, niño. No creas que no me doy cuenta de que tu ruidoso amigo y tú se sientan en esa banca a verme por horas. 

 Javi negó con la cabeza. Se tuvo que pasar un brazo por el rostro para limpiar el agua que había salpicado desde su cabello. 

—No te hagas tonto. Ni que las nubes fueran tan interesantes. Se sienten tus depravados ojitos sobre mí.

—Okey, lo siento mucho —chilló Javi —No sabía lo que causaba. No entendía que estaba mal. 

—¿Y qué hay de las bromas que les juegan a sus compañeras? Los he estado escuchando, niño. Se lo que les hicieron a esas pobres muchachitas. 

—No lo repetiremos jamás. Ya no. Y me voy a disculpar con Ximena. Rafa también lo hará, de eso yo me encargo. 

Desde las alturas, la Hermana Agua lo observó con incredulidad. 

—Nadie se arrepiente tan rápido. Estoy segura de que me dices solo lo que crees que quiero escuchar. 

—No es solo palabrería. Voy a ser bueno y respetuoso de ahora en adelante —Javi le aseguró.

—Tú ignoras como se siente que todos te vean con perversión. No sabes lo que es no poder impedirlo. Así que, si te dejo ir hoy, será con una advertencia. Pásate de la raya de nuevo, aunque sea en una ocasión y te tendré que educar por las malas.

Con una sonrisa y un guiño, a Hermana Agua se inclinó y apuntó hacia el centro de la fuente. Javi enfocó la mirada. Había algo ahí, parada sobre el pedestal, una figura cobriza, bajita y delgada . 

¿Otra estatua? pensó, una densa neblina apoderada aún de sus pensamientos. Con dificultad se arrastró hacia ella. Las piernas le pesaban, sus brazos ardían por el esfuerzo. La Hermana Agua lo seguía de cerca. 

Se detuvo abruptamente a unos metros de la estatua. La miró de arriba abajo, un escalofrío recorriendo su propio cuerpo en esa misma trayectoria. Era de cobre, por supuesto,  con pocos detalles y sin las sensibilidades del cuerpo humano. Esto no hizo diferencia; la mente de Javi llenó los espacios de manera instantánea. De la estatua reconoció el cabello corto y la expresión de pánico que había visto tan solo unos días antes. Pasó la mirada sobre él. El torso descubierto, los brazos delgaduchos, un estómago pre-adolescente libre de vello corporal; mientras más bajaba su mirada, más vio partes de su amigo de lo que hubiera preferido. 

—Imagina como te veras parado ahí a su lado. Estatuas de cobre, adornos para ojos morbosos. Desnudos, inmóviles, indefensos ante toda la ciudad.

Javi, habiendo una vez más perdido la capacidad del habla, puso los ojos en blanco y se dejó caer en la fuente. 

V

Javi despertó con el sol en su rostro, Lalito, su hermano menor, sacudiéndolo violentamente y su madre gritando desde la cocina que ya estaba listo el desayuno.

Refunfuñó, su cabeza plagada de escenas de un sueño a medio recordar.

Con su brazo hizo a un lado a Lalito, quien se aferraba de sus sábanas. Se rascó la cabeza y sonrió. La memoria de la tarde anterior aún estaba fresca y lo mejor era que ahora podría planear el reto que le propondría a Rafa. Sería necesario aumentar la intensidad. La invitación a Ximena había sido graciosa, pero ya no bastaría. El próximo reto, consideró, debía ser épico. Claro, podría ejercerlo ese mismo día, pero a su gusto sería mejor guardárselo para la escuela. De esa forma Rafa se marinaría todo el fin de semana en su propia ansiedad. Tampoco podía esperar a contarle sobre el sueño de la noche anterior; una estatua parlanchina, mucha agua y una advertencia. Era tan ridículo que seguro se reirían a carcajadas. Quizás…

Un alarido por parte de Lalito interrumpió sus ideas. En su insistencia, el pequeño había trepado sobre la cama, pero tan pronto llegó al centro de esta, se alejó apresurado. Javi entonces se percató del frío que sentía por todo su cuerpo y el agua con olor a cloro que lo tenía empapado. 

Lalito salió corriendo del cuarto. 

 —¡Mamá! ¡Javi se hizo pipí en la cama! 

La Rama de Olivo (Basado en “Continuidad de los Parques” de Julio Cortázar)

El zurriagazo de la rama de un olivo contra su mejilla lo interceptó como un látigo. El hombre resintió la punzante herida de la que brotaba una línea de sangre en dirección a su mentón. Precipitadamente la limpió con la manga de su saco. Acto seguido, con cuidado pasó por debajo de la rama y continuó su camino por el sendero. 

El monte se mostraba tan traicionero como de costumbre. A pesar de que la subida estaba considerablemente empinada y que a lo lejos se escuchaban los llamados de la fauna local y sus depredadores, lo que al hombre le preocupaba eran los peligros que crujían bajo sus pies, como camas de hojas que ocultaban madrigueras recién cavadas; piedras sueltas y raíces que sobresalían de la tierra. No llegaba a explicarse cómo su amada podía realizar el recorrido desde la finca de su marido hasta ahí, menos aún en tacones. 

A sus espaldas el cielo adquiría un tono carmesí indicando la llegada del atardecer. A escasos metros frente a él encontró la puerta de la cabaña abierta de par en par.

Ella ya lo esperaba. Tan pronto se cruzaron sus miradas se abalanzó sobre él, quién la recibió en sus brazos y la cargó hasta el recibidor cerrando la puerta con el pie. Lo besó repetidamente y en cualquier espacio de piel al alcance de sus labios. 

Entre besos le declaró cuánto le habían hecho falta sus caricias, sus palabras, su presencia en general. Le narró que su esposo habitaba un mundo distinto. Se encerraba en su estudio por horas y horas en su silla de terciopelo, su rostro sumergido tan profundo en sus novelas que era asombroso cómo no se asentaba permanentemente una mancha de tinta en la punta de su nariz.

Pasada su usual bienvenida la mujer repentinamente detuvo sus avances. El hombre supuso que ella debió percatarse de la frialdad que él resguardaba en su corazón. Debió arribar a esa verdad que ambos tanto habían estado evitando. 

Era cierto, el hombre reflexionó, que al principio la clandestinidad del asunto aderezaba su relación. Su corazón latía con la intensidad de tambores de guerra cada vez que emprendía camino hacia su nido de amor oculto en lo profundo del monte. El deseo de encontrarse con su amada lo envolvía. Ese anhelo tomaba control de cada fibra de su ser. El compartir su cama se había vuelto su todo. Por eso mismo, la idea de que ella no se podía entregar completamente a él era una agonía que quemaba. Ardía más intensa que una hoguera. Ella sentía lo mismo; de eso estaba seguro. Sabía lo que tenían que hacer.

El hombre siguió el sendero y mientras caminaba comenzó a sentirse inusualmente corpóreo, como si todo ese tiempo él no hubiera sido más que una imagen, una idea, palabras que se perdían en el viento. Un títere controlado por hilos invisibles; despojado de autonomía, pero con la capacidad de resentir su ausencia.  

Ahora, con las hojas secas tronando bajos sus pies y el frío metal de la daga contra su pecho, percibió a su alrededor el mundo real en el que existía.

Su amada le había dado claras instrucciones de cómo entrar a la finca sin ser avistado. No tomar el camino de grava que llevaba a la entrada, manteniéndose cerca de los árboles en caso de que el mayordomo hubiera decidido quedarse más tiempo de lo usual, y permanecer estrictamente sobre el lado derecho para que sus pasos no alertaran a los perros. 

Las siguió al pie de la letra. Al llegar al corazón de la casa encontró a ese tercero indeseado, tal y como se lo habían descrito. Su cuerpo inerte en la silla de terciopelo; su mente perdida en el regodeo literario. 

El hombre se percató de sus propios pasos. El cuchillo había adquirido un peso inaudito. Pensó en su amada esperándolo, en sus caricias, en el sabor de sus labios y la sed agonizante que lo torturaba en su ausencia. Encontró así el valor para levantar el cuchillo y dejarlo caer sobre aquella cabeza, con la fuerza de una rama de olivo.

Un Trozo de Sol

Desde que era una niña las cuevas me han aterrado. Miro hacia sus túneles oscuros y todo lo que veo es un abismo interminable. En mi mente sus paredes son una trampa de la que no se puede escapar. Son humedad, amargura y desconsuelo.

 Están vivas; son una bestia hambrienta que te asimila con lentitud torturante. Te abre paso a lo profundo de sus entrañas hasta que el frío y la oscuridad te engullen. Luego imploras por socorro al mundo exterior y la piedra se traga tus plegarias hasta el momento que el eco de tu último sollozo se disipa como el humo.

Cuando la noche cae en nuestro hogar, mi gente corre despavorida al abismo de ese monstruo despiadado. Mientras tanto yo añoro la compañía de un cielo despejado, la luna y las estrellas con su deslumbre acogedor.

No puedes pasar la noche en la intemperie, me reclaman antes de arrastrarme entre súplicas y lamentos a esa lóbrega cueva, donde aguardo con ansias el amanecer.

Cuando el sol nos brinda su gracia, salgo a recibir su calor y miro con descaro a ese túnel oscuro que osó con consumirme. Entonces tomo mi canasta de mimbre y una soga de lianas, las cargo bajo mi brazo y me aventuro al bosque por comida.

Aquí ya no existe la abundancia de hace tantas lunas. Los árboles frutales no producen con suficiente velocidad para saciar nuestros apetitos; las cepas ya escasean; sacamos tubérculos de la tierra en ocasiones esporádicas y los animales han aprendido a no frecuentar los alrededores de nuestro hogar.

Camino a una amplia planicie donde, si la fortuna me sonríe, podré encontrar espigas de trigo. De pronto escucho sobre mi cabeza un zumbido aturdidor.  A unos metros de altura, cientos de insectos vuelan con frenesí alrededor de una rama de la cual cuelga una extraña protuberancia.

Veo algo caer. Una gota de  líquido dorado aterriza en mi mejilla. Paso un dedo sobre esta y la admiro. Su forma redonda y su color me recuerdan al sol. Cuando unto el néctar en mi boca, su dulzura me abraza, ilumina mis entrañas y me llena de calor.

Con la soga subo por el tronco, pues estos insectos voladores han traído el sol a mi alcance. Pronto descubro que lo protegen recelosamente, mas esto no me desanima. Con el enjambre sobre mí, logro tomar un pedazo. El líquido escurre entre mis dedos mientras yo velozmente hago mi camino hasta el suelo y corro despavorida.

Sostengo mi trozo de sol contra mi pecho, corriendo a toda velocidad a pesar del dolor de los aguijones incrustados en todo mi cuerpo. Sólo me detengo una vez que estoy segura que ya no soy perseguida y tomo un momento para admirar mi tesoro. Mi corazón da un giro cuando descubro que está construido por  múltiples cuevas, sin embargo estas no son esos horripilantes túneles de piedra cóncavos y fríos. Los túneles del trozo de sol están llenos de vida. Algunos acunan diminutas larvas blancas. Todos y cada uno están formados de seis perfectas paredes decoradas con ese reluciente líquido. Esa noche duermo con ese ámbar pegajoso a mi lado. Su luz es escasa, pero me da seguridad.

Al pasar de los días admiro como el trozo de sol crece, se expande y produce esos insectos recolectores. Lo acomodo en mi cesto y lo llevo hasta una amplia pradera. Luego tejo más canastos y cuando uno está lleno, cubro mi cuerpo con pieles de animal y tomo un pedazo de sol para alojarlo en alguno vacío.

El néctar me nutre como ninguna fruta o vegetal ha hecho antes y en las noches me acuesto en medio de la pradera donde descanso bajo el cielo nocturno, lejos de las cuevas, siempre resguardada por esos trozos del sol que han caído a la tierra. 

El Sendero Sagrado de San Sebastián

Salí silbando serenamente, solo, sediento de sabiduría. Subía a zancadas, sobre mis sandalias salpicadas de seco sedimento, el Sendero Sagrado de San Sebastián, subido sarnosa y serpenteante.

Sucede que un sábado de septiembre, sonsaqué de Salomón la sede del Sabio: la cima de la zigzagueante senda somnolienta.

Severa subida, el Sendero Sagrado de San Sebastián, supuse, sepulta secretos de sueños y suspiros. Seguí certero, saltando sinergéticamente en sintonía de los sonetos de sinsontes sobre sauces sollozantes. Sacaría del Sabio los secretos sobrados, y superaría a los superdotados.

Senté sandalia sobre la cima solitaria. El Sabio, sentado soberbiamente, secretaba superioridad.

— Sos superó el sendero — susurró — sentaos y se sujeto a siglos de sabiduría.

Suspiré sosegado, suelto y satisfactoriamente saciado.

El Tintineo

Una noche nublada, La Carretilla zarpó del puerto de Valencia, tras llenar de mercancías sus torres de contenedores. El titan metálico navegaría el Pacífico como las carabelas de Colón, y llegaría a su destino final en el continente americano.

En cubierta, un marinero caminaba por babor cuando un tenue tintineo, casi ahogado por el llanto del océano al ser rebanado por el casco, llamó su atención. A pesar de los silbidos, crujidos y chirridos del carguero, el peculiar tintineo, demasiado metódico para ser producido por el viento o tenue para provenir del motor, abrumó sus oídos.

El marinero dio con su ubicación en uno de los contenedores. Sus compañeros, curiosos sobre el origen de ese sonido, se juntaron para abrir el contenedor, pero al hacerlo, el sonido cesó de inmediato.

Tan pronto pusieron el candado, otro marino llamó. El tintineo persistía en estribor. Por segunda vez, ubicaron el contenedor donde aparentemente el sonido se originaba, pero el tintineo desapareció tan pronto como abrieron la puerta.

Prosiguieron así toda la noche. Lo mismo sucedió la noche siguiente y la noche tras esa. Continuó por días, luego semanas, el sonido taladrando un agujero en sus cabezas, el insomnio arrastrándolos a la demencia.

 Abrieron los contenedores y buscaron entre las mercancías; abrieron las latas de atún y conservas; las cajas de electrodomésticos y televisores; las bolsas selladas de soya, arroz y tamarindo. El tintineo persistía.

Fue un buque pesquero el que los encontró. Su tripulación observó el casco inferior y el timón torcido por encima del agua, la hélice rechinando mientras giraba suavemente. Bajo la superficie, las torres de contenedores, sostenidas por gruesas cadenas, se mantenían en su lugar como estalactitas, mientras la vida marina se deleitaba con el manjar provisto de productos esparcidos y marineros ahogados. Y mientras el buque pasaba por un costado, algunos marineros, plagados de tantas preguntas como asombro, podían escuchar el sonar de un tenue tintineo.