Abro los ojos y mi vista cae sobre la parte trasera de una cabeza desconocida. Un rayo de luz se filtra por una grieta entre las cortinas, trazando una línea que separa los dos extremos de la cama. Pequeñísimas motas de polvo flotan sobre ese cuerpo inerte. Mis pupilas se agrandan. Mi corazón comienza a palpitar aceleradamente. Lo analizo de arriba hacia abajo; el corto cabello negro, la anchura de sus hombros, la musculosa espalda descubierta que se extiende hasta perderse bajo las sábanas de algodón. Observo las costillas de ese desconocido, mientras estas se expanden al ritmo de sus ronquidos. De repente, todo rastro de cansancio se esfuma de mi ser. Mi instinto de supervivencia se ha activado. Siento la adrenalina correr por mis venas ante la presencia de este hombre extraño; ante mi presencia en esta cama ajena. Mi mayor temor se ha vuelto una realidad. Giro la cabeza y en la distancia veo mi ropa esparcida por el suelo de la habitación. Percibo un ardor entre mis piernas. Siento una presión en mi pecho con cada exhalación. Me consume el impulso de perder todos los estribos, el anhelo de que al abrir y cerrar los ojos me encuentre en cualquier otro lugar. Cualquiera menos este. No percibo en el cajón de mi memoria señal alguna de mi paradero, ya que mi cabeza es un campo consumido por la bruma; palpita agonizante en mi intento por recordar. Siento la boca seca y que una migraña se avecina, lo que confirma mis sospechas. Que, en algún momento de la noche anterior, consumí algún estupefaciente sin mi conocimiento. Con cada revelación, me siento más cerca del punto en el que me quiebro.

De un salto estoy fuera de la cama. Los ronquidos detrás de mí se detienen repentinamente. Escucho a mi atacante luchar contra las sábanas. Sin mirar atrás, recojo todas las prendas que puedo y salgo de la habitación, cerrando la puerta detrás de mí. Confío en que el hombre sigue lo suficientemente adormilado como para no seguirme de inmediato. Miro a mi alrededor. Otro lugar desconocido. Esta vez, la sala de un amplio departamentoMe permito unos segundos para vestirme con las pocas prendas que pude recuperar. Deslizo las piernas dentro del pantalón. Me abrocho el sostén. Lanzo un calcetín blanco sin par debajo del sillón. Se me ocurre que, en el peor de los casos, aquel en el que debo probarle a las autoridades lo que me han hecho, puedo usarlo como evidencia de que estuve aquí. 

Escalofríos recorren mis brazos descubiertos ante la idea de tener que reportarlo. Me imagino entrando a la fiscalía parcialmente vestida, con el cabello alborotado y el maquillaje corrido luego de por fin permitir que fluyan las lágrimas. Al menos ahí estaré segura. O quizás nada nunca se sentirá seguro de ahora en adelante y yo pasaré el resto de mis días temerosa de los callejones oscuros y calles vacías, como tantas otras sobrevivientes lo suficientemente valerosas como para contar sus historias: la chica cuyo novio no tomó un no por respuesta; la joven que, durante la fiesta, no vigiló en todo momento su bebida; la que iba caminando sola en la penumbra; la que dicen que se lo buscó con su belleza innata y forma de vestir. Recuerdo sus historias y de nuevo me dan ganas de llorar, pero me detengo, pues ahora escucho pasos detrás de mí. Se están acercando a la puerta. Tomo el picaporte con la mano y siento un tirón. El monstruo ese se queja, lo escucho gruñir. Menciona mi nombre ¿cómo es que lo sabe? ¿en dónde fue que nuestros destinos se cruzaron? 

Repite mi nombre y vuelve a tirar del picaporte, con fuerza, y yo lo dejo ir sin oponer resistencia. Escucho un golpe seco. Para entonces ya estoy corriendo. Solo tendré una oportunidad para encontrar la salida. Los departamentos como este suelen tener la entrada principal cerca de la cocina. La avisto a unos metros de mí, una puerta blanca con múltiples seguros. A mis espaldas, el hombre ya se ha levantado. Llama mi nombre por tercera ocasión. Me ordena que me detenga. 

Corro. Diez pasos más tarde, me tropiezo con un objeto que yacía en el suelo. Al caer, tiro la mesita frente al sillón. Escucho el inconfundible sonido de cristal al romperse. Frenéticamente me pongo de pie, no sin antes tomar un vidrio grande y puntiagudo. Continúo el trayecto hacia la puerta. ¿Tendré suficiente tiempo? ¿Qué haré si no me es posible remover los seguros antes de que mi atacante me alcance? Aprieto el pedazo de vidrio con más fuerza. Pequeñísimos cristales se incrustan en las vulnerables plantas de mis pies. Ya en la puerta, giro un seguro tras otro. El hombre se ha retrasado a causa de la alfombra de vidrios rotos que cubre el piso. Siento que la libertad está en la punta de mis dedos. Giro el picaporte y jalo con todas mis fuerzas. La puerta se abre lo suficiente para dejar una brecha de poco más de unos centímetros. Jalo de nuevo, una y otra vez, desesperada. En el mismo punto se tensa el avance de la puerta. Entonces. Levanto la mirada y horrorizada me doy cuenta de que olvidé remover la cadena. Ahora es demasiado tarde. El hombre está a un metro de mí. 

Retrocedo. Comienzo a blandir el pedazo de vidrio como si fuese un cuchillo, obligando al hombre a guardar su distancia. Él levanta las manos, ordenándome que me calme. Tiemblo de pies a cabeza, y ya me es imposible impedir que las lágrimas fluyan por el cauce de mis mejillas. Con cada paso que doy, los cristales en las plantas de mis pies se incrustan más adentro de mi carne. Huellas carmesíes marcan mi trayecto. De pronto, he cruzado un umbral y en un instante preciso logro azotar la puerta. 

Mis manos están temblando tan furiosamente que apenas puedo poner el seguro. La habitación en la que entré es una explosión de colores plácidos y variados. Las paredes están adornadas con caricaturas de animales sonrientes y nubles blancas que decoran un cielo imposiblemente azul. A mi derecha veo un baúl, una cómoda tamaño infantil y mecedora que hacen juego. A mi izquierda, una pila de animales de felpa. 

Golpes sacuden la puerta. Gritos iracundos rehílan por el techo y las paredes. Por un instante siento un destello de esperanza. Me permito contemplar la idea de que todo ese escándalo alerte a algún vecino y que con el afán de ser buen samaritano llegue a mi rescate. 

Con cada golpe contra la puerta, aprieto más el vidrio en mi mano derecha. Un riachuelo de sangre baja por mi muñeca y gotea desde mi codo; forma un pequeño charco carmesí. Estoy tan enfocada en vigilar a la bestia afuera del cuarto, que apenas percibo el movimiento detrás de mí. Al voltear, mi mirada se conecta con la de dos diminutos ojos brillantes. Desde su cama, un pequeño niño me observa anonadado por unos instantes, y después libera un agudo llanto que se apodera de la habitación, dejándome inmóvil. A mis espaldas, un último azote hace que la puerta estalle. Una mano se envuelve alrededor de mi muñeca derecha antes de que pueda reaccionar. Aprieta. Siento como si fuese a trozar el hueso debajo de la piel. Mi arma cae al suelo y se fractura en pedazos. Mi brazo izquierdo es presionado contra mi espalda, luego el hombre me propina un puntapié detrás de la rodilla. Caigo. Con la mejilla contra el piso helado comienzo a implorar por auxilio. Por fin, permito quebrantarme. 

Más manos se asientan sobre mí. Me elevan, asegurándose de mantener mis piernas juntas y mis brazos a mis costados. Ponen mi cuerpo en una camilla, el cual aseguran con cinturones de piel. Forcejeo, pero ni siquiera puedo mover la cabeza mientras me sacan del departamento. Bajamos varios pisos por un ascensor, hasta salir a la cálida mañana. 

Escucho una muchedumbre a mi alrededor. De reojo, avisto personas en pijama, batas, algunos sin peinar o con tazas de café en mano. Capto la inconfundible sirena de una ambulancia. Con colosal esfuerzo, logro girar un poco la cabeza. Mi vista cae sobre el hombre, quien está parado entre los espectadores, intranquilo, cargando al niño en sus brazos. 

El pequeño le pregunta a dónde se llevan a mamá. Él, con lágrimas en los ojos, le responde que al sanatorio, que la enfermedad que heredó del abuelo, ya está muy avanzada. 

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