La Mirilla

La más importante lección que la vida me ha inculcado es la de ser precavido con el cambio. Siempre alerta, en constante vigilancia de ese raudo ente. El cambio es como algunas criaturas de cuentos de hadas; aparece, a veces, sin intención o causa. Tan fácil puede ser una bendición como una imparable fuerza del caos.

Muchos se cuidan del cambio repentino. Ese que llega tajante, veloz como un gancho en el estómago. En lo personal, no lo veo como una amenaza. Cuando las cosas suceden de forma inesperada, el asombro inicial rara vez es placentero; en especiales ocasiones produce que el mundo quede de cabeza, e incluso, en ciertos casos, se puede volver devastador. Eso a mí no me sucede. No le temo al cambio abrupto, sino a aquel que se toma su tiempo. Cuando tarda en ocurrir, es porque su ataque está bien planeado. En términos zoológicos, es más mortal el depredador que se da el lujo de aguardar el momento adecuado para su emboscada.

Así pasó con el encierro. El cambio en mi manera de percibir el tiempo poco a poco se tornó letal. Enlatado como conserva en mi diminuto departamento, sin comunicación ni un toque ajeno a mi propio, me fue imposible acatar cómo las horas transmutaron en días y los días en semanas. Cómo lentamente me fui perdiendo los amaneceres y volviendo a la cama antes del ocaso. El aislamiento, mi realidad indiscutible, ingirió más que los contenidos de mi cuenta bancaria: se llevó mis ánimos, mi musa, mi entusiasmo por tomar un respira tras otro. La priva de mi libertad transfiguró toda mi vida en algo irreconocible. Se llevó mi empleo, mis relaciones y con ello mi estabilidad. 

Las comodidades que con los años había acumulado se fueron desvaneciendo: no más viajes de ocio por rumbos exóticos; adiós al perfecto historial crediticio, a las compras de artículos de lujo y a las compras en general. El siguiente paso fue deshacerme de las subscripciones a servicios de entretenimiento por internet y para el final del mes del internet mismo, así como de la electricidad. Fue la única manera de mantener un techo sobre mi cabeza y dos comidas al día. 

Las raciones de alimento se achicaban junto con mis horas de lucidez. Aquellas en las que recorría repetidas veces los cuarenta metros cuadrados de mi morada, escrudiñando cada rincón, cada grieta en la pared y entre las cenefas, en busca de algo nuevo con el cual distraerme, si tan solo por unos momentos, de ese malévolo espectro de lo desconocido. 

Fue por eso por lo que vi a través de la mirilla. Ese lente de marco dorado venía ya con la puerta, un vestigio de una época en la que la gente aún se presentaba de improvisto en casas ajenas con la esperanza de que alguien los recibiera, les diera un lugar para resguardarse y quizás algo de comer. Fue meramente por curiosidad. Se me había ocurrido que sería entonces la primera vez en todos mis años esa morada que vería a través de su diminuta ventana. Era algo nuevo, dolorosamente breve, pero nuevo de cualquier manera. Así de desesperado me encontraba por despejar mi mente. 

Acerqué mi ojo a la rendija y lo que vi más allá del cristal me dejó sin aliento. Un universo vasto y colorido, en eterno cambio, expandiéndose fuera del alcance de mi vista y comprensión. Pasmado, tomé el picaporte y, contra todos mis instintos, abrí la puerta del departamento.  La autoridad nos había prohibido agresivamente siquiera poner un pie fuera de nuestras moradas, bajo la amenaza de cárcel. Día y noche, agentes de la policía militar vigilaban el cumplimiento de estas directivas, mas ciudadanos comunes podían acarrear una denuncia anónima contra sus vecinos en caso de que los pillaran en violación. Mis vecinos no eran mal intencionados, pero en tiempos como esos, en los que la paranoia nos consumía, no sería sorpresa que yo fuese sacrificado por el bien común.

Resultó ser un riesgo sin sentido. Afuera en el pasillo no había más que macetas decorativas, marchitas las plantas que las habitaban y la escalera hacia los pisos inferiores. 

Examiné la mirilla en busca de algún defecto o alteración, pero, a parte de un ligero roce y una capa de polvo que prontamente limpié, no era más que un lente común y corriente. Regresé al departamento, cerrando la puerta con lentitud, antes de que alguien me viera.

Debí haberlo imaginado. No pudo ser posible. Seguro que la reciente deficiencia de proteína en mi cerebro me causó una alucinación. Sí, eso fue. Volví a ver por la mirilla solo para comprobarlo.

Las galaxias danzaban del otro lado del lente. Una explosión vívida me engullía. Millones de cuerpos celestes en una constante carrera libre de propósito. Un caos armónico. Un ballet del infinito. Gigantes gaseosos atraían lunas a sus órbitas y con soberbia las encerraban en un eterno ciclo que daba vueltas alrededor de sus bastas circunferencias; cometas pintaban un lienzo negro con sus colas heleras; estrellas de todos los tamaños aluzando el vacío, compartiendo su calor y, en algunos casos, dando origen a la vida. 

Me enfoqué en una en particular. Un pequeño sistema solar constituido por una estrella amarilla, ocho planetas y uno enano al final. Luego me fui acercando al tercero en la órbita, una esfera azul turquesa en su mayoría, pero con masas continentales que una insignificante raza de seres a base de carbono había colonizado. Una ciudad fantasma, un edificio de departamentos en cuarentena y al final del viaje, en mí, mi ojo pegado a la mirilla, mis piernas temblando de asombro ante todo ese universo desconocido. 

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