La Carrera

Las luces de los faros iluminaban los baldíos y escasos edificios a los costados del anillo periférico, mientras que el rugido del motor irrumpía el pacífico silencio que acogía la ciudad. 

Rebotando un pie impacientemente en el tapete de su automóvil y con el otro hundido en el acelerador, Octavio miraba con detenimiento el camino frente a él, ansioso por avistar las luces multicolores y el escudo dorado de los juzgados federales. 

Había escuchado a sus colegas sollozar sobre tal situación en el pasado; en ese entonces, Octavio se limitó a reírse, exclamando la imposibilidad de que eso le ocurriera a él. Qué descarado el universo por forzar esa ración de ironía de manera tan brusca. 

Mientras descendía por un paso a desnivel, una mano en el volante y la otra preparada para abrir la puerta del automóvil tan pronto este desacelerara a una velocidad no letal, sintió algo así como una sombra a sus espaldas, una neblina que le enfriaba la sangre y le hacía sudar a gota gorda.

Los neumáticos rechinaron cuando tomó una curva muy cerrada y el interior del automóvil se sacudió violentamente. Plumas, tarjetas de presentación y monedas sueltas volaron de sus lugares en los portavasos. El par de dados de felpa que colgaban del espejo retrovisor cayeron al piso frente al asiento de pasajero. El siete de la suerte, pensó Octavio, al captar de reojo el número en el que aterrizaron. Por fortuna, él fue lo suficientemente veloz evitar que el montículo de papeles que descansaba a su costado sufriera la misma suerte que el resto de los contenidos en el automóvil.

Octavio no se molestó en entrar al estacionamiento. Frenó en seco frente a la entrada principal y salió como relámpago del vehículo, sin asegurarse siquiera de cerrar la puerta detrás de él. Con respiración agitada, subió la escalera de dos escalones a la vez. Sus pulmones ardían y cada fibra de su cuerpo le temblaba, incluso aquellos músculos de los dedos que sostenían en fajo de papeles nítidamente acomodados dentro de una carpeta manila. Alcanzó a dar un par de pasos zancadas más cuando lo que vio a la distancia hizo que sintiera como si le hubiera caído encima una cubeta de agua helada. La oficial a cargo ya había cerrado el juzgado y estaba saliendo por la puerta trasera de la oficialía de partes. 

Maldiciendo, Octavio tomó un profundo respiro. Se concentró en cada momento del último cuarto de hora, procurando precisar cada segundo. 

Entonces chasqueó los dedos. 

De repente fue cómo si el mundo entero era un casete de video rebobinándose. Octavio trotaba de espaldas en dirección a la salida, bajaba los escalones velozmente y se subía de nuevo al coche. Manejaba en reversa y sin mirar hacia atrás por el paso a desnivel y el periférico, tomaba la avenida adyacente, hasta detenerse justo afuera de su oficina. 

Una vez más, pensó Octavio, y pisó el acelerador a fondo. De nuevo carrereaba por las calles, su motor exclamando berridos. Mientras conducía, procuraba tomar nota de cualquier obstáculo que pudo haberle costado valiosos segundos en su último intento: algún otro conductor en su camino, un semáforo que respetó o un momento de distracción que le hizo bajar la velocidad. 

Cuando llegó al paso a desnivel, tomó la curva tan velozmente que el espejo retrovisor del lado derecho estuvo a centímetros de las paredes. Octavio detuvo el automóvil pero no el motor, e invocó toda su fuerza para subir los escalones y correr por la explanada principal. A escasos metros de él, avistó a la oficial en proceso de cerrar la puerta principal del juzgado. 

Por un instante, sus miradas se cruzaron y Octavio sintió una chispa de esperanza. Desde el otro lado de la puerta de cristal, sin embargo, la oficial le mostró el rostro del reloj en su muñeca y le señaló la posición de las manecillas, antes de dar media vuelta y marcharse. 

Con un profundo suspiro, Octavio de nuevo chasqueó los dedos. 

Una vez más, condujo como maniaco, descarado, sin miedo al tiempo o a las foto-infracciones y cuando se encontraba a escasos metros del juzgado, la oficial arribando a la puerta con las llaves en mano, le rogó con el poco aire que le quedaba en sus pulmones que lo atendiera. 

— Lo lamento mucho, joven, pero ya está fuera de tiempo. 

—Por favor —dijo jadeando —apenas son las doce con un minuto. 

—Pero ya es sábado, joven. Ya está fuera de horario. Regrese el lunes —le dijo la oficial, antes de cerrar la puerta. 

Octavio se desplomó en el suelo, los papeles de su contestación de demanda esparciéndose por el piso de Ciudad Judicial. No le quedaba aliento alguno luego de repetir esa carrera en tantas ocasiones. Se quedó desplomado, observando el firmamento. En algún momento tendría que aceptar que la verdad era que por más que lo intentara, tarde o temprano a todo licenciado se le pasaría un término. 

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