Filet Mignon

El cazador blandió la hoja tres veces contra la roca para afilar, posteriormente deslizando el cuchillo entre la roja y sangrante carne, cortando un grueso filete, ideal para su guiso predilecto.

Delicadamente lo colocó sobre un plato, empapándolo en un marinado de vino tinto y vinagre balsámico. Permitió que la carne absorbiera los jugos y se empreñara de su sabor. 

Dirigió su atención a las zanahorias y espárragos que hervían en la olla, luego a las papas listas para ser peladas y machacadas.  El resto de la carne reposaba sobre la barra de su cocina; necesitaría un congelador más grande para conservar los frutos de su más reciente cacería. La presa había dado una buena batalla, escabulléndose sigilosamente en el bosque, pero al final no fue rival para la mira de su rifle.

Vertió aceite extra-virgen en una sartén, sus oídos deleitados al escuchar el relajante chisporroteo cuando posteriormente postró el filete sobre esta. Los vapores ascendían. El aroma lo incitaba a pasar la lengua sobre sus labios, saboreando el placer de un Filet Mignon con cubierta balsámica.

El asado a término medio era esencial, no había otra manera de comer tan suculento corte. Era un juego de paciencia la cual él poseía en abundancia.

Vistió la mesa con un impecable mantel blanco, encendió un candelabro al centro y colocó la plata fina a los costados de su plato de vajilla china. Había un orden casi natural en tal acto. Una botella de vino tinto, cosecha 1940 de un humilde viñedo francés, combinaría maravillosamente con su manjar.

Espolvoreó especias finas sobre los vegetales. El filete lo tomó con pinzas y delicadamente lo sirvió sobre su plato. Estaba grasoso y suave. Imaginó su centro rosado. En su paladar casi podía sentir su fibrosa textura. Arregló sus alimentos con finura, asegurándose que ningún platillo tocara al otro.

Tomó asiento, destapó el vino para permitirle respirar. Tras servirse media copa, inhaló su simultáneamente armónica dulzura y amargura. Perfección.  Lentamente partió un pedazo de carne, los jugos se derramaron por los costados y esparcieron sobre el puré en arroyos carmesí.  

Masticó la carne lentamente, saboreando su complacencia y concluyó que la labor había valido todo su esfuerzo. Cortó otro pedazo y lo puso en su boca. Miró una vez más el resto de la carne, experimentando angustia a la idea que el sabor luego de congelarla nunca volvería a asemejar a la suculencia que actualmente deleitaba su paladar, mas no permitió que tal hecho lo perturbara demasiado.  De cualquier manera, algún otro joven excursionista tendría que toparse con su cabaña tarde o temprano.

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